José García Domínguez

La sociedad del conocimiento no existe

«España, como en tantos otros ámbitos, resulta ser estrictamente vulgar en términos comparativos. La mediocridad anodina y gris del gran pelotón es lo único que nos significa»

Opinión

La sociedad del conocimiento no existe
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José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Las leyendas urbanas son como la pesca del salmón: también disponen de sus temporadas de actividad estrictamente marcadas por las hojas del calendario. Así, esta semana entrante, al igual que ocurre cada inicio de septiembre, toca recuperar en los medios de comunicación las sesudas reflexiones ecuménicas a cuenta de la presunta importancia crítica de los saberes aplicados en la no menos presunta sociedad del conocimiento. Manido lugar común que se enlaza siempre con la también consabida cantinela hipercrítica, amén de rutinariamente dolida, a propósito de la calidad, dicen por norma que menguante, de nuestra red de instrucción pública. Y digo leyendas urbanas porque no es cierto lo uno ni lo otro. Ni nos estamos adentrando en una nueva sociedad cualitativamente distinta, una que vaya a exigir del grueso de sus miembros un enorme e insoslayable caudal de conocimientos de los que carecieron sus ancestros, ni se compadece con la verdad el tópico que pretende rebajar la calidad de nuestras aulas al nivel del betún tercermundista. En la realidad, categoría que aquí tanto se tiende a despreciar, ocurre más bien al revés. Porque lo de la sociedad del conocimiento suena muy bien, pero resulta que no se corresponde con lo que ocurre. Y ello por una razón clamorosamente simple, a saber: porque no es cierto que el sistema económico actual imponga niveles de capacitación académica cada vez más altos.

Al contrario, la inmensa mayoría de los nuevos empleos que crean las economías desarrolladas no requiere para su eficaz desempeño disponer de titulación universitaria alguna. Los yanquis, que lo miden todo, han estimado que apenas el 20% de las ocupaciones laborales que genera Estados Unidos exige formación académica superior; el otro 80% se puede desempeñar de modo óptimo contando con un simple bachillerato o ni siquiera eso. Y la economía española sospecho que no conlleva asociados requerimientos más complejos y sofisticados que los propios de la norteamericana. Evidencia empírica de la que se infiere que quizá no haga falta que el grueso de la clase media hispana siga malgastando fortunas al tiempo que condena a sus vástagos a una segura frustración laboral vitalicia por la vía de hincharlos a posgrados, máster, y cursos en el extranjero para acabar, y de modo inevitable, ocupando empleos muy por debajo de sus expectativas. En cuanto a lo otro, lo de la cháchara apocalíptica sobre lo malísimamente mal que anda nuestra educación de cuarenta años a esta parte, ahí está PISA para desmentirlo. Nuestro sistema educativo, huelga decirlo, no luce nunca entre los más brillantes de esa clasificación internacional, pero tampoco se aproxima a los muy clamorosamente mediocres, verbigracia los de Estados Unidos, para vergüenza del imperio, Venezuela o, pongamos por caso, Marruecos.

España, como en tantos otros ámbitos, resulta ser estrictamente vulgar en términos comparativos. La mediocridad anodina y gris del gran pelotón es lo único que nos significa. Somos, también en eso, del montón, ni maravillosos ni una basura. Asunto que no es para echar las campanas al vuelo, pero tampoco para entregarnos de nuevo autodesprecio masoquista tan caro siempre a los deudos de la psicopatología clínica del noventa y ocho y su primo hermano, el regeneracionismo. Por lo demás, el ejemplo de Finlandia, universal modelo de referencia en la cuestión que nos ocupa, si algo muestra es que no hacen falta grandes modelos teóricos ni soberbias reformas legislativas para alcanzar resultados óptimos en materia de instrucción. Al cabo, los tan admirados finlandeses no poseen grandes secretos pedagógicos. Al contrario, se limitan como sociedad a premiar a sus docentes con el reconocimiento social que aquí reservamos en exclusiva para los futbolistas analfabetos y para las estrellas de la televisión. Aparte de eso, en fin, han convenido que la educación de sus hijos es algo demasiado importante como para dejarlo en manos del Estado o del mercado. De ahí que su sistema, absolutamente descentralizado y con autonomía total de los centros, dependa solo de los ayuntamientos, que contratan directamente a los profesores sin pasar por ninguna oposición nacional. Con eso y muy poco más han logrado liderar el ranking mundial. Pero lo nuestro, ya se sabe, son las leyendas urbanas, no la realidad. Preparados, pues, para la temporada del salmón.

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