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La sociedad sin audiencia

"Las sociedades fragmentadas del siglo veintiuno lo son en virtud del fraccionamiento de su audiencia"

Foto: Sebastian Sammer | Unsplash

Si toda sociedad tiene su cuento, toda sociedad tiene su audiencia. En torno a la fogata, el anfiteatro o la televisión; para responder las preguntas elementales, o buscarle rimas al destino; para significar la muerte, el amor o la injusticia – el ser humano anda y se orienta gracias al mito. Todos, en definitiva, buscamos una vida con trama.

La sociedad no es más que la sumatoria de este fenómeno. Más que un cúmulo de cuerpos, es una antología de épicas compartidas. Cosas que se cuentan: una guerra, una revolución, una salvación, una odisea o una independencia. Que viven mientras haya padres que las repitan, que se expanden mientras nueva gente las oiga. La grandeza de la sociedad es, simplemente, la grandeza de su audiencia. Y su vigor se encuentra en la potencia de su trama – es decir, en la potencia de aquello que llamamos argumento.

Las sociedades fragmentadas del siglo veintiuno lo son en virtud del fraccionamiento de su audiencia. Podemos hablar de desigualdad, pero mejor sería hablar de desencuentro. De no te creo y aquí cada uno con su cuento. De fogatas contiguas pero aisladas. De la cacofonía de políticos que dibujan países distintos, que claman y se interrumpen. Incluso de relativismo: todo cuento vale lo mismo pues ninguno vale nada.

Esto no es algo del todo recién. Ya, ante el advenimiento de la televisión, T.S. Eliot se preocupaba por la “pérdida de la columna vertebral de nuestro canon narrativo”. Es decir, de que la gente, al no leer ni la Biblia ni Homero, empezaba a vivir fuera del tiempo histórico, y comenzaba a vivir tan solo el tiempo de lo duran las modas en pasar: en el tiempo de esta o aquella serie, de esta o aquella película de Star Wars. La democracia cultural como condena a la atemporalidad y al silencio.

La diferencia ahora, como en todo, son las redes sociales. Incluso en el televisor de antaño cabíamos todos. Ahora cada quien solo cabe en su teléfono. Antes teníamos pocos textos para elegir y de hecho había consenso de que algunos eran sagrados. Ahora vivimos en una borrachera de historias y fantasía ajenas. La audiencia, como tal, se ha despertado con hambre y se ha rebelado. Quiere abundancia y quiere espejos: el cuento que mejor encaje, el héroe que más se le parezca.

Esto es algo que vemos sobre todo en la política. El principal enemigo de todo líder de partido ya no es la oposición, sino Netflix. La gente que ya ni ve el telediario. Aquellos que siguen más las novedades de Youtube que los discursos parlamentarios. Ciudadanos de ninguna patria, habitantes de otros cuentos.

La crítica es honesta porque me la hago a mi mismo. Mi defensa, insuficiente, es que el mundo ahora es más grande y que quizás detrás de todas las historias resulta que hay una sola, la humana. Que tal vez todas las tramas comparten una misma genética que, de descifrarla, nos daría la base de la sociedad globalizada. Pero este puede ser tan solo otro cuento – el que termina bonito. Y esos suelen ser los que menos valen.

De todas maneras, es difícil imaginar que la sociedad nacional recupere su audiencia. Quizás sea mejor: la política taquillera es la peor política. Pero la realidad es que estamos perdidos. En búsqueda del hilo de nuestra propia historia. Y eso es bueno porque es democracia. Pero es malo porque es soledad.

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