THE OBJECTIVE
Xiskya Valladares

¿La solidaridad o la norma?

Estados Unidos parece el país de las maravillas para muchos. Para mí es el país de las sorpresas más absurdas.

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¿La solidaridad o la norma?

Estados Unidos parece el país de las maravillas para muchos. Para mí es el país de las sorpresas más absurdas.

Tiene 90 años. Se llama Arnold Abbott. Y fue arrestado por dar de comer a los pobres sin techo. Uno de los policías le dijo: ¡Baje el plato en este instante! y enseguida el anciano fue arrestado cuando les daba de comer en un parque de Fort Lauderdale (Florida). Sesenta días de cárcel o pagar una multa de 500 dólares es lo que le esperaba. El 31 de octubre entró en vigor una ordenanza que impone amplias restricciones para alimentar a los indigentes. Por ejemplo, obliga a instalar baños portátiles ahí donde se dé de comer. Arnold Abbott reparte comida a 10.000 “homeless” cada miércoles desde hace 8 años. Y dice que lo seguirá haciendo.

Estados Unidos parece el país de las maravillas para muchos. Para mí es el país de las sorpresas más absurdas. Arrestar a un hombre de 90 años por repartir comida a 10.000 sin techo en un lugar público (un parque o una playa), en mi opinión es de muy superficiales. Sobre todo cuando no puede (no es que no quiera) cumplir todos los requisitos de la ordenanza sobre el tema. ¿Qué debe prevalecer en este y en mucho casos similares: la norma o la caridad? Conozco las respuestas de los más legalistas y también las de los más libertarios. Pero me interesan las respuestas de quienes viven la caridad como norma de su vida.

Muchas veces no es fácil porque somos seres relacionales y vivimos en sociedad en la que hemos establecido que el bien común debe prevalecer sobre el bien minoritario, que nos debemos someter a los mandatos de los gobiernos elegidos, y que los intereses apremiantes serán los de la mayoría. Pero el ejemplo del anciano arrestado por dar de comer a 10.000 personas nos demuestra cómo no siempre en esas decisiones sociales se busca realmente el bien de los predilectos de Dios que son los más pobres. ¡Cuánto sentido común nos falta! ¿Es mejor que todo esté limpio y ordenado en un lugar público o es mejor que 10.000 personas puedan comer?

Sin embargo, esta cuestión que vemos tan clara en un caso como éste, podemos trasladarla a muchos aspectos de nuestras vidas particulares. Me recuerda aquella pregunta de Jesús hace 2.000 años: ¿Es el sábado para el hombre o es el hombre para el sábado? O incluso más, aquellas palabras tan claras: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer…” No nos hemos convencido de que los más pobres son los predilectos de Dios y que solo a través de ellos podremos alcanzar la auténtica libertad y felicidad. No hemos entendido aún nada acerca del sentir con el otro y el papel redentor del más pobre con nosotros.

Si los “homeless” nos importaran de verdad, nuestra sociedad buscaría otras soluciones. El Ayuntamiento de Arnold Abbott le daría una medalla y le facilitaría un local con baños portátiles para ayudarle en su labor, si ese es el requisito que le falta cumplir. Pero nos importan más las apariencias. Se nos olvida “que tu mano derecha no sepa lo que hizo tu izquierda”. Los que nos llamamos cristianos decimos que el amor es el único mandamiento de Jesús que rige nuestras vidas y, sin embargo, cuántas veces las normas que verdaderamente nos gobiernan son las de nuestros propios intereses, egoísmos y rivalidades personales que nada tienen que ver con el amor… Pero en estos casos ni siquiera hace falta ser cristiano para elegir el amor antes que la norma. Se trata de sentido común y de inteligencia emocional. Basta preguntarnos ¿qué nos hace más feliz? ¿dar de comer a 10.000 personas o tener un lugar publico limpio y ordenado?

La pregunta es muy simple también en mi vida: ¿Qué me hace auténticamente feliz? ¿Sufrir con el que sufre o abandonarlo? ¿Que me tomen por tonta por hacer el bien o ser la lista a quien nadie toma el pelo? ¿Aceptar y acoger a mis amigos como son o abandonarles porque no me gustan sus defectos? ¿Me hace más feliz el perdón y la entrega desinteresada o vivir en la amargura del daño que me hicieron? ¿Solidarizarme con quien lucha por sobrevivir o ignorarlos? Cada día es una decisión. Cada día, un milagro o una nueva frustración. Solo depende de mi opción diaria.

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