Axel Capriles

La sombra de Voltaire

Es un miedo sostenido, penetrante, un espanto que se vuelve cotidiano, que nos acompaña al fútbol, al concierto, al bistró. Los atentados terroristas del 13 de noviembre en París han convertido el miedo en ansiedad, en angustia colectiva, porque el temor ha dejado de tener un objeto claro y definido para convertirse en sentimiento de inseguridad difusa, pero total, en aprehensión y sobresalto continuado sin lugar ni razón identificable

Opinión

La sombra de Voltaire

Es un miedo sostenido, penetrante, un espanto que se vuelve cotidiano, que nos acompaña al fútbol, al concierto, al bistró. Los atentados terroristas del 13 de noviembre en París han convertido el miedo en ansiedad, en angustia colectiva, porque el temor ha dejado de tener un objeto claro y definido para convertirse en sentimiento de inseguridad difusa, pero total, en aprehensión y sobresalto continuado sin lugar ni razón identificable

El peligro está ahora en cualquier parte. No necesita de grandes íconos urbanos ni de destacados símbolos culturales. Está en no importa que parque de Londres o París, en cualquier café de Viena o Madrid.
Ya no es necesario viajar a Venezuela y recorrer las calles de Caracas para encender las señales de alarma sobre el crimen, tampoco hay que pasear por ciudad Juárez, en México, para sentir de cerca el olor de la muerte. Basta caminar por cualquier ciudad occidental para que la degollina nos alcance. Tal es el sentimiento que arrecia en muchísimas personas, madres, trabajadores o turistas, en España, Italia o Alemania. Pero es Phobos (miedo) acompañado de las Erinies (personificaciones de la venganza), porque es un miedo unido a la furia, a la ira que produce la injusticia. De allí que, a diferencia de la tonalidad afectiva que acompañó a las manifestaciones de solidaridad tras el atentado criminal al semanario satírico Charlie Hebdo, un llamado general a la tolerancia, buena parte de la opinión pública en los días subsiguientes a la matanza de París ha girado en torno a la guerra, a la ineludible aceptación de una contienda, a la necesidad de defender la tolerancia con tolerancia cero al yihadismo.

Los ataques, explosiones y tiroteos reivindicados por el Estado Islámico ocurrieron en lugares comunes y distintos como los restaurantes Le Carrillon, Le Petit Cambodge, la terraza de Bonne Biére, la Rue de Charonne o en los alrededores del Estadio de Francia. Pero la falta de prominencia simbólica de los lugares escogidos no es del todo cierta. La matanza sucedió en barrios céntricos repletos de gente en búsqueda de diversión, música, arte, ocio y libertad. Que la mayor parte de los 129 muertos y 352 heridos haya ocurrido en la sala de espectáculos Bataclan, en el Boulevard Voltaire, nos remite a un choque de culturas. Nombrada a partir de una opereta satírica de Jacques Offenbach, Ba-ta-clan, es un teatro identificado con una larga historia de entretenimiento, frivolidad y hedonismo de la cultura popular francesa. Precisamente, la expresión de una faceta de la vida occidental que, según destacados pensadores del salafismo yihadista, como Sayyid Qutb, hay que erradicar para limpiar al mundo de la corrupción e impureza que impide el reino de la sharia instituida por Alah. Y no es simple azar que el salón libertino esté ubicado en el boulevard que lleva el nombre del gran defensor de la tolerancia en el siglo de La Ilustración, Voltaire, el pensador y fundamental crítico del poder, la irracionalidad, el dogma religioso y la intolerancia.

Los mortíferos ataques terroristas del 13-N en París se han convertido en imágenes de una suerte de trastorno de estrés postraumático colectivo, en representaciones angustiosas e intrusivas de la vulnerabilidad a que estamos sometidos, en experiencias vicariales de inseguridad y desamparo. A diferencia del estrés postraumático, sin embargo, caracterizado por las reacciones disociativas y el malestar de la tensión sin salida de las memorias recurrentes, el impacto emocional de los eventos y el rechazo general a la desmesura terrorista parecieran dar inicio a un período de transformación y toma de consciencia de los valores occidentales. Serán, sin duda, tiempos delicados y difíciles para nuestras nociones de libertad, tolerancia y paz, pero momentos propicios para adentrarnos en la comprensión de los intrincados mecanismos que actúan en la sombra del psiquismo y que reiteradamente dan salida al resentimiento y la destructividad humana.

Contexto

    Más de este autor

    El caso en contra de la izquierda

    Venezuela se ha convertido en una papa caliente para la izquierda política.
    Es un caso embarazoso, incómodo. A pesar de que ser de izquierdas es un
    significante vacío y el término nacido del lugar en que se sentaron los diputados franceses con respecto al presidente de la Asamblea Nacional Constituyente del 14 de julio de 1789 ha perdido todo sentido en los tiempos contemporáneos, una especie de atonía o inercia intelectual hace que la gente de izquierdas se vea a sí misma como progresista.

    Opinión

    Las ambiciones del papa Bergoglio

    Al ser elegido papa, Jorge Mario Bergoglio escogió el nombre de Francisco en honor a San Francisco de Asís, el santo italiano de los siglos XII y XIII caracterizado por su desapego de lo terrenal. El Pontifex Maximus, sin embargo, se ha destacado mucho menos como figura espiritual que como actor político dispuesto a colocar la Santa Sede entre los poderes rectores de la geopolítica mundial, una acción eminentemente terrenal. En lugar de puente espiritual de comunicación con la divinidad, el papa ha fungido como puente de diálogo entre las facciones que se disputan el poder en diversos lugares del mundo. Pero a pesar de sus recurrentes llamados “a la apertura y el diálogo sincero con los demás, a reconocer los derechos y las libertades fundamentales”, sus diálogos han mostrado un particular sesgo.

    Opinión

    Más en El Subjetivo

    Carlos Mayoral

    Ennio

    «Lo vi subirse al atril a sus noventa primaveras, y pensaba en lo benévolo por asustadizo que es el tiempo cuando se le planta cara»

    Opinión