Beatriz Manjón

La suficiencia de la ignorancia

Todos somos pobres en sabiduría —leemos para ampliar nuestro desconocimiento—, pero antes se intentaban disimular los andrajos y hoy se exhiben en la pasarela pública con giro de modelo

Opinión

La suficiencia de la ignorancia
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Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

Los hijos vienen con likes bajo el brazo. Las meteduras de pata también, porque si algo gusta más que acertar es el fallo del prójimo. Célebre es el paso por Ahora caigo de Joan, un concursante que pide que no le llamen Juan; y tanto aborrece ese nombre que, al preguntarle por «uno de los apóstoles de Jesús», prueba todas las combinaciones de letras toleradas por la inmersión lingüística («anju», «juna», «nuja», «unja»), menos la correcta. A quién se le ocurre ponerle Juan a un apóstol en lugar de Joan, y no surtir la última cena de butifarra y pan tumaca. Si hasta en la basílica de San Pedro un catalán encontró una mención al Tibidabo, según cuenta Camba en Aventuras de una peseta: «Tu est Petrus […] et TIBI DABO claves regni caelorum», reza la dedicatoria latina.

«No he leído la Biblia, soy agnóstico», se ha justificado el concursante. Mejor habría quedado reconociendo que es asnóstico, pero la ideología se ha impuesto al conocimiento y sirve de coartada para la burricie. Que la ignorancia era atrevida ya lo sabíamos; ahora, además, es promovida para confortarnos en la comparación y que podamos presumir de un nuevo socratismo: solo sé que no saben nada los demás. Los medios, las redes o la política, que intuyen que es más fácil pescar besugos que linces, son altavoz de una afectación tan insufrible como la pedantería, pero más tolerada: la suficiencia de la ignorancia, que se envalentona como los pómulos de algunas señoras y no admite lecciones. Todos somos pobres en sabiduría —leemos para ampliar nuestro desconocimiento—, pero antes se intentaban disimular los andrajos y hoy se exhiben en la pasarela pública con giro de modelo.

En la telerrealidad alardean de incultura general jóvenes de ignorancia hipertrofiada, que bastante tienen con leer los ingredientes de sus barritas energéticas. También estamos en la inopia los periodistas, con el azote de nuestros latiguillos, y los políticos; porque de una depauperada enseñanza, cuyo plan redecora cada ministro entrante con las sesgadas telas de su ideario, solo cabe esperar esta memocracia en la que un alcalde casi elimina del callejero por franquistas a tres almirantes del XIX, no vaya a ser que la eternidad sea como Twitter y los muertos puedan elegir bando. «No tengo por qué saber de todo», se ha exculpado el regidor. Al fin y al cabo, no es ministro de Universidades como Castells, quien en su furor por sacar rédito de los fusilados, como el presidente cuando escribe, ha pasado por las armas a Clarín, pues la tuberculosis no granjea odios. Otra cosa es la youtuberculosis.

El culto a la necedad conlleva un desprecio por la sabiduría. Lo sufre Theon Greyjoy en Juego de Tronos cuando dice «giróvago»: «¿Giróvago? ¿Se usan esas palabras cuando se pierde la verga?». El conocimiento funciona como esos aperitivos que «cuando haces pop ya no hay stop», pero hace falta querer abrir el bote. Anteponer las habilidades a la cognición como pretende Celaá no parece que vaya a despertar esa curiosidad, aunque traerá un currículo abierto y flexible perfecto para los programas de citas, que ligar no ocupa saber. Seremos por fin Norteamérica, pero la descrita por Heinrich Heine: «Una gran cuadra de la libertad / con sus brutos igualitarios».

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