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La televisión unidimensional

Foto: Matthew T Rader | Unsplash

La gripe me dejó en estado de postración, así que, con unas décimas de fiebre y fuertes dolores en todo el cuerpo, decidí pasar un día delante de la televisión generalista. La televisión es un medio muy despreciado por las esferas intelectuales pese a que a partir de 50 años (Centro de Estudios Pew) los españoles lo eligen hasta en un 90% de las ocasiones para obtener información. El experimento se realizó bajo los efectos del paracetamol y una bebida isotónica, circunstancia que puede condicionar el resultado del análisis.

Comencé la visión un poco tarde. Era la mitad de la mañana y en casi todas las cadenas estaban con asuntos criminales. Me acordé de las enseñanzas de Antonio Jiménez Blanco: el expediente administrativo no interesa a la sociedad del espectáculo, el proceso penal ofrece todos los ingredientes para atraer a la audiencia. El plató era una especie de juicio virtual: estaba el fiscal explicando los extremos de una muerte violenta, una presentadora que operaba como una instructora y unos comentaristas que hacían de acusación particular. Los telespectadores, sin duda, serían el jurado popular encargado de sentenciar al reo. Tras los casos criminales, vi que en varios canales abordaban temas de desahucios. En una de las conexiones, el presentador dejó el micrófono y abrazó a los afectados, que lloraban desconsoladamente.

Tras pasar un rato en la cama, volví al mediodía con mi tarea. Era la hora de la televisión política. La escena era similar a la programación penal: un periodista lidera a los tertulianos, que se sitúan a derecha o a izquierda según apoyen al Gobierno o a la oposición. Me sorprendió ver a un juez en ejercicio hacer comentarios sobre asuntos sub iudice a preguntas del presentador. Las entrevistas realizadas eran más incisivas dependiendo de si el representante pertenecía a un partido o a otro, mientras que el debate entre tertulianos resultaba inaprensible, pues se tuteaban y se quitaban constantemente la palabra sin atender a las mínimas reglas de cortesía. Sin embargo, el mayor escalofrío lo sufrí cuando uno de los moderadores despidió a un invitado que había entrado en directo, con “un abrazo, alcalde”. Debían de ser buenos amigos.

Por la tarde descubrí que los fundamentos del periodismo que enseñamos en la facultad no tienen nada que ver con la realidad. Después de comer casi todos los canales realizan programas de entretenimiento o simplemente de hacer gracias, porque España se ha vuelto un país de graciosos. A lo que iba: en uno de los espacios de cotilleo, los periodistas eran los protagonistas de las noticias, pero con la particularidad de que la información se iba proporcionando en directo según los datos llegaban por WhatsApp al teléfono de los que allí concurrían. Recordé que en algún momento de mi vida había hecho un texto sobre la elaboración de noticias y la diligencia periodística, teniendo en cuenta la jurisprudencia del Tribunal Constitucional y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. La apoteosis del absurdo académico.

Llegó la noche y me dispuse a ver los telediarios. Los telediarios tienen ya una función antropológica: resultan un escaparate óptimo para dar cuenta del zeitgeist que campa en cada colectividad. Pude comprobar que en tres informativos de tres cadenas distintas, el espacio se repartía más o menos de la misma manera: sucesos, deportes y meteorología. Hacía frío y se había helado una pequeña charca en la sierra madrileña, por lo que mandaron a un equipo a dar cuenta del acontecimiento. En lo relativo al contenido, las noticias, convenientemente editorializadas, hablaban en todos los espacios de las mismas cosas: el procés catalán, la lucha de las mujeres por la igualdad y, por último, los problemas de la España vacía, fenómeno que por lo que observé se ha convertido en una mina temática para todas las cadenas. La metodología emocional aplicada a contar todos estos asuntos desvelaba el carácter unidimensional (Marcuse me perdone) de una televisión dedicada a convertir a cada ciudadano en la conciencia de la democracia y a glorificar al hombre común mediante la apoteosis del trato coloquial. Al acabar la dura jornada pude concluir que la trascendencia social ya solo es patrimonio exclusivo del nuevo sujeto político emergente: la gente.

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