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La termita

"Nuestros representantes, en general, parecen querer complacer solo a los que les votan o podrían hacerlo, no quieren buscar un consenso, ponerse de acuerdo con quienes representan a los que no les votan"

Foto: Mariscal | EFE

La incertidumbre es como una termita que nos roe por dentro. Va haciendo su trabajo de destrucción mientras teletrabajamos, atendemos a los hijos o a los padres enfermos, con una mano cocinamos, con la otra sujetamos el teléfono porque hay que atender a la llamada o estar pendiente del correo o de las noticias. Necesitamos alguien que nos diga que todo va a salir bien y poder creerlo. Necesitamos saber que podemos confiar en quienes nos gobiernan, pero también en los contrapesos. Nuestros representantes, en general, parecen querer complacer solo a los que les votan o podrían hacerlo, no quieren buscar un consenso, ponerse de acuerdo con quienes representan a los que no les votan. Desde los medios, se profundiza en ocasiones en esa zanja que separa a unos de otros.

En el plano nacional, el líder de la oposición es sobre todo oposición, pero sin liderazgo. Critica con dureza a Sánchez mientras no termina de votar en contra, de momento, tan solo ha llegado a la abstención. Por otro lado, no ha propuesto alternativas ni ha presentado enmiendas. El partido en el gobierno de coalición, Unidas Podemos, se comporta mientras tanto con una sorprendente esquizofrenia: en el gobierno parece que solo está la ministra de trabajo Yolanda Díaz, que ha negociado con agentes sociales la duración de los ERTES, y parece que los demás miembros de UP están más pendientes de hacerse la oposición y cuestionar las estructuras del Estado en las redes y azuzar campañas contra el adversario político. Bueno, también le dio tiempo a promocionar un medio dirigido por una de sus exasesoras y animar a que nos suscribiéramos: por fin un medio independiente.

La gestión de la crisis de la Covid que está haciendo Isabel Díaz Ayuso ha tenido mucho de marketing: parecía que la CAM era algo así como la opción de obra social de las grandes empresas, de Telepizza a Room Mate, mientras ella presumía de cada nuevo acuerdo como de un modelo de la necesaria colaboración público privada. Madrid es el terreno en el que hacerse oposición: Ayuso azuza las protestas vecinales contra el gobierno, un “ratito” por las tardes, qué menos. El excesivo foco que se pone en Madrid desde los medios beneficia al gobierno. Desde sus cuentas oficiales en redes sociales, el PSOE le afea al PP madrileño el electoralismo sin darse cuenta de que cae en la paradoja de señalar en los otros errores propios. Pablo Iglesias con sus declaraciones en medios continúa en la misma senda. Como si no fueran los que estuvieran al mando de todo. El ministro del interior parece sentirse atraído por el autoritarismo: prohibirá lo que no le guste, parece decir. Mientras nuestros gustos coincidan con los suyos nos escandalizamos menos.

Mientras tanto, todo es confuso y deprimente: ¿qué pasará con los colegios en septiembre, con las piscinas en verano? ¿Qué va a pasar con los niños, con los dependientes? ¿Cuándo saldremos de esto? ¿Y cómo? Y entre tanto, la termita sigue haciendo lo suyo: aún no es visible en la superficie pero que acabará por destrozarnos por dentro.

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