Juan Claudio de Ramón

La tragedia y la comedia

«Si la tragedia nos eleva por encima de la vida diaria despojándonos de lo que es pequeño y mezquino en nuestra naturaleza, la comedia lo hace al desvestirnos de lo grandioso y altisonante»

Opinión

La tragedia y la comedia
Foto: Chris ALC| Wikimedia Commons
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Tragedia y comedia son géneros alumbrados en el mismo parto. Gemelos, pues. Uno es el contrapunto del otro. Ambos son la representación teatral del error: la tragedia, del error funesto; la comedia, del error absurdo. Por diferentes caminos, comparten propósito: elevar por encima del drama ordinario del tedio, abriendo una trampilla por donde volver fugazmente a la verdad de las cosas reprimidas en aras de la cultura. Cómico y trágico son momentos de revelación en que atisbamos el mundo sub specie aeternitatis, desde el punto de vista de los dioses. Un mundo de necesidades e incongruencias en que uno se siente liberado por un instante de la angustiosa necesidad de cambiarlo.

La tragedia nos arranca del individualismo y devuelve al modesto lugar que nos corresponde en el cosmos. Anuda satisfactoriamente dos certezas: la dignidad que otorga la rebeldía y la paz de reconciliarnos estoicamente con un universo impasible a nuestro destino. El hado no negocia: Edipo ha de matar su padre, Medea a sus hijos. De la tragedia lo dejó casi todo dicho Aristóteles en su Poética, texto sagrado de la crítica literaria. Tragedia es imitación de un dolor que trae gozo. El fundador del Liceo –nacido al poco de morir los grandes trágicos: Esquilo, Sófocles y Eurípides– dejó una definición famosa que cada generación se pasa de mano en mano: «La tragedia es la imitación de una acción trascendente y completa, de cierto tamaño, escrita en lenguaje elevado, separada en partes, por medio de personajes y no de la narración, y que mediante el temor y la pena lleva a cabo la purgación de dichas afecciones». Esta purga de las pasiones es la célebre catarsis, concepto confuso cuya elucidación ha llenado barreños de tinta ¿Es una emoción terapéutica, una lección moral o una mera descarga de la tensión producida por el desenlace de la trama? ¿Es una purificación o algo más prosaico, como un especie de laxante? La Nobel de Literatura Anne Carlson dice que no entiende la catarsis, y si lo dice ella, que es clasicista, no voy a intentar explicarlo yo. Lo seguro es que la tragedia aborda una vulnerabilidad humana esencial, un error sobre el cual la voluntad carece de ascendiente. La tragedia es el nido que la literatura hace para acunar el dolor de ser humanos. Un dolor que abriga la esperanza renovada de la redención. El sentimiento trágico de la vida, que diría Unamuno, no es un nihilismo.

En nuestra época, adicta al obituario, se ha defendido «la muerte de la tragedia». El cadáver lo levantó George Steiner, con el argumento de que el héroe trágico solo puede darse en un mundo gobernado por fuerzas irracionales en que los modernos ya no creemos. Me permito disentir. No solo porque la irracionalidad sigue siendo nuestra sombra –se diría que Steiner nunca se enamoró de la persona equivocada– sino porque la tragedia no necesita de causas irracionales sino irresistibles. Una muestra contemporánea de arte trágico es The Wire, la excelente serie televisiva que narra la vida de policías y delincuentes en la ciudad de Baltimore. En el último episodio bandas de chavales sin futuro que se harán delincuentes, comisarías de policías demacrados sin fe en su trabajo y políticos idealistas a punto de dejar de serlo vuelven a asomar en un largo ciclo de victorias y derrotas que no lleva a la desesperanza, sino a algo parecido a una resignación activa. Puede que la pelea esté amañada, pero hay que pelear. Steiner, claro, no veía la televisión.

Si la tragedia nos eleva por encima de la vida diaria despojándonos de lo que es pequeño y mezquino en nuestra naturaleza, la comedia lo hace al desvestirnos de lo grandioso y altisonante. Quienes no estudiamos filología clásica –un fallo– sabemos gracias a Umberto Eco y El nombre de la rosa que el segundo libro de la Poética, donde Aristóteles prometía abordar la comedia, se ha perdido. Nos quedamos sin saber si el filósofo compartía la mala opinión que su maestro Platón tenía del humor, trasladada luego al cristianismo medieval. Quizá sea mejor: como es sabido, explicar un chiste no tiene gracia. Freud lo intentó en El chiste y su relación con el inconsciente. No es, ciertamente, lectura amena, pero da pistas. El chiste sería una vía rodeada para eludir al centinela interior que custodia una fuente de placer reprimida, de índole malévola o sexual. Según esta teoría, el humor es un aliviadero de la norma social y la comedia, igual que la tragedia, tiene una función catártica, de drenaje o válvula de escape. Para ello, la trama debe enseñar su dorso: un criado puede ser más listo que el amo, el soldado un cobarde, la dama burlar al galán, o las cortesanas enamorarse de verdad.

La teoría de Freud sobre el humor tiene limitaciones. Si fuera cierto que el chiste es siempre expresión de un desahogo, la espita que desaloja presión, entonces tendería a ser espontáneo. Y aunque muchas veces lo es, las personas más graciosas a menudo premeditan sus bromas. Tampoco son los más reprimidos los que más se ríen, sino más bien lo contrario. Sí es verdad, en cambio, que uno de los filones más fecundos de la comedia es la denuncia de la hipocresía. Pero esto no ocurre porque la hipocresía se nos haga insoportable, sino porque es un caso eminente de incongruencia: entre lo que se dice y lo que se hace. La incongruencia es la esencia de lo cómico. Lo señaló por primera vez, creo Schopenhauer, pero es algo que explican todos los monologuistas sin haber leído al alemán: lo que funciona en un chiste, su mecanismo, es la expectativa defraudada. Lo que pensábamos que era no es. Vale para quien se desespera buscando las gafas que lleva puestas o para el gran dictador de Chaplin, pelele abrazado al globo. La gracia proviene de yuxtaponer lo sublime y lo trivial: «No solo no hay ningún Dios: ¡intenta encontrar un fontanero en domingo!» (Woody Allen).

La regla más delicada del humor es que solo funciona en ausencia de empatía. La compasión de la tragedia cede paso en la comedia a la burla sin contrición. En la comedia se navega entre el esnobismo y la crueldad, debemos poder reírnos del mal que le pasa a otro o enfatizar, como en una caricatura, sus rasgos más ridículos. Por eso dice Bergson que para ser eficaz, lo cómico exige la anestesia del corazón. Es una frase feliz, porque la anestesia es momentánea: llegado un punto volvemos a sentir la incomodidad. Es la señal para dejar de reír. Ya no hace gracia. (Si Aristóteles hubiera legado una definición de la comedia especular respecto de la tragedia, hubiera enfatizado también la cuestión de las proporciones: una tragedia reclama tiempo y espacio para desplegarse, la comedia ha de ser breve: cabe en una viñeta). Por lo demás, la mejor anestesia la administran los siglos. También a Allen, nuestro Aristófanes, se debe la fórmula: comedia es tragedia más tiempo. De igual manera se requieren años antes que un dolor de la propia biografía haga sonreír. No todos los dolores admiten el bálsamo de la risa. Pero sí la mayoría.

Si la tragedia ha muerto (que ya hemos visto que no) el humor es permanente objeto de una conspiración para su asesinato. Cambian los conspiradores. Cierto que la atmósfera presente es poco propicia. La comedia es una colaboración entre quien está dispuesto a herir los sentimientos de los demás y quien acepta deportivamente que se rían de los suyos. Por lo mismo, no lo tiene fácil cuando se exige la exhibición constante de empatía con el dolor esgrimido de otros. Pero en materia de humor, es peor fallar por exceso que por defecto, y una pésima idea reprimirlo: cuando no se permite la risa, se termina imponiendo la humillación.

Horace Walpole decía que el mundo es una comedia para aquellos que piensan y una tragedia para aquellos que sienten. Estoy seguro de que al escritor y político inglés no se le escapaba –aunque quizá sí: era aristócrata– que todos –o casi todos– somos tan capaces de sentir como de pensar. Al ser humano entero no se le ahorran las lágrimas ni se le priva de una buena risotada de vez en cuando. Es un consuelo.

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