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La última lección

Foto: AP | AP

El poder de la imaginación, la imaginación al poder… Para que algo exista, primero hay que imaginarlo. Hoy mismo le dije esta frase a uno de mis hijos, que me preguntó quién fue el inventor de las leyes de la robótica.

-Isaac Asimov, cariño, un escritor de novela de ciencia ficción. -le dije.

-Ah, ¿pero entonces, no había robots cuando Asimov se inventó esas leyes?

-Pues no, amor, porque para que algo exista, primero hay que imaginarlo.

La ficción y la imaginación son esenciales para el progreso humano. Son un superpoder que tenemos para avanzar y para ser capaces de comprender las emociones del pasado con la intención, más bien vana, de superar en ciencia, conocimiento y argumentos a la generación anterior. Otra cosa es que empleemos ese superpoder, que nos enseñen a usarlo nuestros padres y mentores, nuestros amigos y profesores, y no lo dejemos marchitarse, como un sexto sentido que no se usa hasta atrofiarse.

No fue a través de los estudios, realmente, como mi generación aprendió lo que fue la Guerra Civil -la última guerra civil, ojo, que a veces parece que en España solo ha habido una-. Fue por las historias de nuestros padres, que nos transmitieron el dolor de los suyos. Si por el colegio fuera, jamás habríamos sabido quién era Franco, qué hizo, quién Jose Antonio o qué dijo, qué pasó en la batalla de Brunete, quiénes murieron, qué fue Mauthausen, dónde acabó Machado y por qué, cómo salió el rey Alfonso XIII hacia el exilio y qué le pasó a un poeta español llamado Lorca. Si por el colegio fuera, solo sabríamos bien, bien, bien, cuatro frases banales sobre el paleolítico y lo que son las cuevas de Altamira, que era la lección que se repetía incesantemente, cada año, la primera, en el puñetero libro de Ciencias Sociales y más adelante en el de Historia.

Así que gracias al colegio sabemos algo de cómo vivían los hombres de las cavernas, en el recuerdo de un mantra lejano, como una oración sin emociones, porque la memoria, si no pasa por el corazón, es difícil que funcione medianamente bien. Ya lo dice la etimología, recordar (del latín recordari) es volver a pasar por el corazón. Los ingleses se han quedado con la idea, porque a memorizar le llaman “to learn by heart”, igual que los franceses con su par coeur, aprender con el corazón o por el corazón.

La última lección del árido y nada emocionante libro de sociales o de Historia de mi infancia era la Segunda Guerra Mundial y la penúltima era la Guerra Civil española. Nunca llegábamos a ninguna de estas dos lecciones y es de suponer que mis hijos tampoco lleguen a obtener mucha información sobre lo sucedido, sobre el caldo de cultivo necesario para que una parte de la sociedad decida liarse a tiros y a odio con su vecino de toda la vida. La diferencia entre mis hijos y yo es fundamental y es que yo aprendí sobre la Guerra Civil muchas cosas con el corazón, en los relatos de padres y tíos, las novelas, las reliquias de una vitrina con medallas, las películas, el retrato solemne en el salón de mi abuela, las balas halladas en la Casa de Campo, las canciones, las sensaciones de sorpresa y los olores a alcanfor. Creo que pertenezco a la última generación que tiene memoria infantil, que es la verdadera memoria emocional, de la Transición, y por tanto, a la última generación capaz de evocar pasados terribles que no hemos vivido. Yo, y las personas como yo, evocamos un pasado mudo a los más jóvenes con el instinto, la imaginación y el miedo.

Mientras estudio con mis hijos y les ayudo a memorizar cosas que nunca pasan por el corazón, como los nombres de los ríos, los nombres de los borbones, las fechas de las guerras Carlistas o los nombres de los conquistadores, tengo un déjà vu, porque sus libros de texto son idénticos a los míos y jamás llegan a profundizar en nada, pero sobre todo, no se adentran con valentía en instruir sobre aquello que nos puede destruir. Tampoco estoy muy segura de que si se empapasen de la Edad Contemporánea, que es la que nos enseña los errores pasados más peligrosos, aprendiesen a no repetir las guerras de sus bisabuelos. De hecho, no es que no esté segura, es que estoy convencida de que daría lo mismo.

Parece que la sociedad adulta es un reflejo de la sociedad escolar, siendo la historia un libro de texto que se repite hasta llegar al final y que vuelve a empezar por la Revolución Francesa. Con otras pelucas, con otras casacas, con otras armas, con otra tecnología, con otras comunas, pero todo lo mismo. Esto es de un pesimismo atroz, lo sé. Un pesimismo en el que me reafirmo cuando escucho estos días a la gente, tras el auge de la extrema derecha española, decir eso de que la culpa es de no haber estudiado, de no haber llegado al final de los libros de texto o de no haber tenido estudios superiores. Más bien creo que la culpa es de no haber crecido en la ficción, visto películas fabulosas o escuchado los testimonios familiares que forman lazos de empatía.

Gracias a la ficción entendemos con el corazón, recordamos cosas que nunca hemos sufrido, pero que forman parte de nuestro imaginario, los relatos. La ficción tiene el poder de recordarnos lo que no hemos visto jamás y de destruir lo que parecía esculpido en diamante, porque de ficciones se arma también aquel que busca a toda costa el poder, tanto para derrocarlo como para conservarlo. La ficción es magnética, mágica, épica, y no hay libro de texto que pueda superar su penetración emocional. Las guerras no se aprenden en el colegio, ni aunque hubiéramos memorizado la última lección. Quizá, de una forma terrible y metafórica, sea verdad aquella frase anticuada y reveladora del maestro de la edad de piedra: la letra, con sangre, entra. Esperemos que no.

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