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La última virtud

Foto: Thibault Camus | AP

Jean-Denis Bredin pronunció un notable discurso en la Académie française el 4 de diciembre de 1997 en el que se imaginaba que “una mujer, muy joven, muy hermosa, vestida solamente con un largo velo” se dirigía a los miembros de esta venerable institución con un aspecto tan radiante que los académicos, al completo, se ponían de pie para escucharla. “Yo soy la Transparencia”, les dijo, “la única Virtud de este tiempo y de los que vendrán. Ruego a la Discreción, a la Reserva, a la Modestia y al Respeto, que se retiren amablemente, pues su tiempo ha pasado. Miradme y pareceos a mí. Soy la última virtud de un tiempo que ha enterrado a todas los demás”. Cuando salió al exterior, Transparencia se encontró con las cámaras de todas las cadenas de televisión del mundo, que querían difundir su imagen.

No hay duda: los medios adoran a Transparencia. Sin embargo, es imposible vivir políticamente iluminados las 24 horas del día por la exigencia de verdad. El animal político no puede resistir la sobreexposición a la luz. Ya lo había advertido Baltasar Gracián: “Llenarse ha el mundo de verdades y después buscarán quien le habite: digoos que se vendrá a despoblar”.

Que quede claro que, desde un punto de vista estrictamente lógico, la negación de la transparencia no es la opacidad absoluta, sino la translucidez, la opacidad parcial, y que, desde un punto de vista psicológico, ser translúcidos no es algo que podamos elegir: nuestra alma es naturalmente translúcida. Uno de los más finos psicólogos europeos, Lope de Vega, lo expresó así: “Entro en mí mismo para verme, y dentro / hallo, ¡ay de mí!, con la razón postrada, / una loca república alterada, / tanto que apenas los umbrales entro”. No por casualidad hasta nuestro Dios es un ser pasional (que nos ama y por eso nos comprende) y no un frío científico objetivo, aunque, según dicen, la verdad es la dicha de la inteligencia.

No hay realidad –ni psicológica ni política- que subsista si no es capaz de desarrollar ilusiones narcisistas sobre sí misma y dudo que haya hombre que pueda mantenerse en pie si es incapaz de cargar sobre otras espaldas una parte del peso de sus propios yerros.
El esfuerzo filosófico por hacer de la transparencia un modo de vida tomó cuerpo con el cinismo griego, pero recuerden que la terquedad de Diógenes por despojarse de toda hipocresía no lo llevó a vivir en el corazón del bosque, sino a lucir su espontaneidad en el ágora de Atenas, pasándosela por los morros a sus conciudadanos. Gracias al cinismo de los cínicos descubrimos que cada civilización es (también) una organización de la hipocresía tolerable y que cada ideología impone un régimen de embaucamientos. Véanse, por ejemplo, los ingentes esfuerzos que hacen algunos para no tener que arrostrar la posibilidad de que el populismo sea la verdad de la democracia, prefieren despreciarlo como un agente patógeno extraño a la democracia contra el que habría que vacunar a un pueblo que, por supuesto, sería “naturaliter” socialdemócrata. ¿Pero es que puede descartarse, sin más, la hipótesis de que exista alguna relación entre el declive de los partidos socialdemócratas y el auge de la extrema-extrema derecha?

¿Por qué nos empeñamos en ensalzar una transparencia que, si la siguiéramos a rajatabla, nos haría daño? Por dos razones, principalmente: porque creemos que los otros son mucho más opacos que nosotros y porque, al sustituir los deberes por los valores nos hemos librado del sentimiento de culpa asociado al incumplimiento de aquellos.

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