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Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

La verdad sin peros de la desigualdad

Foto: Daniel Ochoa de Olza | AP

Uno de los desafíos permanentes a lo largo de la historia ha sido el de medir y cuantificar las cosas. Detrás de herramientas tan rutinarias pero sofisticadas como el sistema métrico decimal o el diseño del Producto Interior Bruto hay toda una lucha atávica del ser humano contra la abstracción abrasiva de una naturaleza enigmática. Una realidad que trata de comprender, mensurar, utilizar y transformar. Desde el sextante de un viejo barco hasta el medidor geiger de una central nuclear, todos los instrumentos de medición obedecen a ese mismo impulso.

El poder de la recopilación masiva de datos de nuestros días radica ahí, en la precisión de una medición que tiene en cuenta cualquier decisión consciente o no de nuestro día a día. Algunos analistas hablan de tres grandes revoluciones en la historia: la neolítica, en la que la clave fue el número creciente de humanos; la industrial, donde las máquinas cambiaron el mundo para siempre; y la revolución digital de la acumulación masiva de datos.

Gracias a todos esos avances en la medición hemos afinado diagnósticos en todos los campos, desde la medicina hasta la astrofísica y la propaganda política, pasando por las estrategias empresariales o la innovación social. Medir mejor nos ha permitido conocer, y por tanto progresar, ahorrar esfuerzos vacuos al evitar la queja de los publicistas analógicos, que se lamentaban de que la mitad de su inversión era un desperdicio, pero que desconocían de qué mitad se trataba. El Big Data tiene sus riesgos evidentes, especialmente para la privacidad. Lo vemos día a día con denuncias bien documentadas y ensayos que nos previenen de su utilización perniciosa. Pero es innegable que la tecnología asociada al conocimiento extensivo de datos nos ha mejorado la vida o tiene el potencial de hacerlo.

Cuando los datos y las cifras aparecen con su incontestable respaldo científico-técnico, el espacio de la opinión mengua. Y está bien que así sea, porque se afina la terapia. Se ensancha el espacio de los consensos y se reduce la incertidumbre. Un médico cura a más personas y con mejores fármacos; el maestro enseña con más tino y conocimiento de la mente y las necesidades de su pupilo; y el empresario es más consciente de los riesgos y las oportunidades de su inversión. En resumen, al afinarse el diagnóstico, con los datos masivos menguan los matices respecto al qué, y se actúa en consecuencia.

Viene esto a cuenta del último informe de la OCDE sobre la mengua de la “exprimida” clase media en las 36 economías más desarrolladas del mundo. Su nivel de vida se estanca, mientras que el de las rentas más altas mejora. El 10% de las rentas superiores acumulan casi la mitad de la riqueza, mientras que el 40% de las rentas más bajas ostenta solo el 3%. La desigualdad crece y el salario real de la clase media lleva años estancado en términos reales. A su vez, la vivienda detrae cada vez más recursos de dicha clase media merced a un sector en el que las rentas altas invierten de forma especulativa y rentista.

El informe es prolijo y demoledor, y enlaza todos estos cálculos con la evidente crisis de la democracia. Alerta también sobre el atasco en el ascensor social y su efecto directo en la polarización social que evidencian movimientos de protesta en todos los países estudiados. Un análisis que se une a los tropecientos informes previos que concluyen lo mismo, que alertan de lo mismo, con cifras similares y con los mismos ganadores y perdedores. Informes producidos con la misma ciencia, con los mismos datos sofisticados que en otros sectores tomamos como la palabra revelada de la verdad incontestable.

Pero pronto aparecen los matices cuando la conclusión del conocimiento obtenido de la realidad por medios científicos es que hay que repartir riqueza, esto es, subir impuestos a grandes rentas y patrimonios, y combatir a fondo la desigualdad con más distribución de riqueza. Matices que ponen en duda que las cifras sean reales; que culpan a un abstracto e inevitable cambio tecnológico de las mismas, que hablan de que la clave no es repartir sino mundo abierto versus cerrado, o que achacan casi en exclusiva el malestar a aspectos culturales. Los datos recogidos y el análisis de los mismos son claros y diáfanos en este y otros cientos de informes, pero las conclusiones importan menos cuando se trata del bolsillo. Es una reacción humana, muy humana, pero insostenible.

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