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La vía Macron hacia el lepenismo

Foto: Ludovic Marin/Pool | Reuters

El presidente francés Emmanuel Macron pronunció hace unos días un vibrante y ambicioso discurso sobre Europa ante estudiantes en La Sorbona. Propuso, en resumen, dar un impulso a la unión política y económica con un ministro de la zona euro, presupuesto común o mayor coordinación fiscal para acabar con la competencia desleal de algunos estados miembros como Irlanda. Música para los oídos de cualquier europeísta en esta época de ensimismamiento con el terruño. El día de su victoria, tan llena de gestos simbólicos hacia la UE, lo llamé aquí “primer presidente europeo”.

Sin embargo, he leído con preocupación los planes presupuestarios que su Gobierno presentó hace dos días. Bajadas de impuestos y recorte del gasto por 16 mil millones de euros con objeto de impulsar el crecimiento y bajar déficit y deuda. Nada hay que objetar a los recortes en gasto superfluo con un cuadro macroeconómico tan desequilibrado, pero gran parte de la tajada se lo llevan programas de vivienda, complementos salariales y empleo. No suena a gasto superfluo, sino a necesidades básicas. La respuesta del ministro de Economía ante las críticas fue muy representativa del momento que vivimos y del esquema ideológico predominante: “Más gasto público no lleva a menos paro”. ¿El gasto público tiene solo esa finalidad? ¿Ha de revertir como si fuera siempre una inversión?

El gasto público es, en muchas ocasiones, pura supervivencia, una dosis extra de certidumbre en un momento político crítico, en Francia y en el resto de Europa. La promesa de un crecimiento futuro para el que ahora nos sacrificamos y repartir después, la hemos visto y escuchado muchas veces estos años, pero aumentó la desigualdad, el capital se concentró y creció el malestar. Los trabajadores y los jóvenes votan hoy a Le Pen. ¿Volverán al redil de la racionalidad política a cambio de reformas que les proveerán trabajos precarios y menos protección social?  Soy muy escéptico.

Aunque esta no es la única propuesta preocupante y elocuente de Macron. Hace unas semanas se conoció que se flexibilizaba la negociación colectiva a favor de la empresa y que, desde ahora, las grandes compañías globales que operan en Francia podrán acordar expedientes de regulación de empleo acogiéndose exclusivamente a sus cifras de negocio locales, no globales. Más allá de las razones más o menos comprensibles con las que se defiende la medida, hay aquí una contradicción que ilustra bien hasta qué punto se impone el factor capital frente al trabajo: apelando a su carácter multinacional, una compañía hace ingeniería fiscal por todo el planeta para pagar menos impuestos en los países que gravan más su actividad (para repartir riqueza), y establece su esquema financiero, quizá con presencia en paraísos fiscales; pero se podrá olvidar de ese carácter multinacional y apelar al nacional cuando se trate de despedir con menos indemnización, así se tengan beneficios estratosféricos como compañía en su conjunto. Globalización selectiva y siempre viciada a favor de los mismos. Después nos preguntaremos alarmados por las razones del desencanto y nos angustiaremos al ver a Le Pen o a Mélenchon otra vez con opciones en una segunda vuelta.

Empiezo a pensar que hay una vía macronista al Frente Nacional, y ningún discurso brillante sobre Europa y su futuro me quita la preocupación.

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