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La victoria del PP

La victoria del PP, sorprendente para politólogos y casas demoscópicas, subraya el raro instinto político de Mariano Rajoy, que acaba de ganar sus terceras elecciones de forma consecutiva. A lo largo de estos últimos meses, la práctica unanimidad de las encuestas alertaban de un corrimiento de tierras a favor de la izquierda radical. Suponía el triunfo de la ruptura sobre el reformismo, de la sentimentalidad utópica sobre el posibilismo imperfecto de la democracia, y del populismo sobre el horizonte europeo.

Desde ese punto de vista, Rajoy acertó al plantear esta campaña con armas similares a las de su adversario, aunque con un sentido completamente opuesto. Si Podemos reivindicaba la atomización de la soberanía nacional, el discurso antiUE y un discurso económico teñido por la demagogia más elemental, Rajoy defendió exactamente lo contrario (unidad de la nación, recuperación económica en marcha, estabilidad y orden), apelando al voto útil en las provincias donde se jugaban a cara de perro los 20 últimos diputados. El PP los ganó casi todos, reforzando su posición de cara a negociar el futuro gobierno de la Nación. Con una ventaja superior a los cincuenta diputados sobre el segundo partido, difícilmente podrá Pedro Sánchez optar a nada más que a una abstención activa. El futuro gobierno pivotará sobre el eje del centroderecha.

Pero haría muy mal el PP si interpreta estos resultados solo desde la perspectiva de su victoria. La política española ha cambiado y mucho. A pesar de no lograr el temido sorpasso, Podemos ha fracturado el bipartidismo y tiñe con su lenguaje todo el discurso intelectual de la izquierda. El PSOE necesita tiempo para reconstruir su mensaje y recuperar parte de su credibilidad. Del mismo modo, el PP se ha beneficiado del voto del miedo y normalmente no abundan las segundas oportunidades. La necesidad de modernizar el país, de llegar a grandes pactos de Estado –sobre la educación, por ejemplo, sobre la ciencia, la política territorial o el futuro del Estado del Bienestar-, se vuelve más y más urgente a medida que en Europa, y por supuesto en nuestro país, avanza el populismo con sus exigencias imposibles. Ha llegado el momento de plantear un nuevo consenso que sea generoso, plural y en común y que, sobre todo, no se esconda de la política, sino que la reivindique con orgullo. Pero hoy, esta noche, lo que nadie puede dudar ya es que ha ganado la estabilidad sobre la ruptura y el centro concebido en un sentido amplio –PP, PSOE, Cs, PNV- sobre la extrema izquierda.

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