José García Domínguez

La victoria final de los talibanes

«A menos de un mes de otro aniversario del 11 de septiembre, acaba el bonito cuento sobre la expansión universal de la democracia liberal y su corolario económico, el paralelo imperio ubicuo del libre mercado»

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La victoria final de los talibanes
Foto: Stringer| Reuters
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

La única diferencia con Vietnam es que los guerrilleros comunistas del Vietcong, aquellos que tomaron la capital tras la huida en desbandada de los civiles residentes y los soldados norteamericanos, al menos no iban montados en burro. Todo lo demás semeja un remake árido y desértico de la caída de Saigón. Así, a menos de un mes de otro aniversario del 11 de septiembre, acaba el bonito cuento sobre la expansión universal de la democracia liberal y su corolario económico, el paralelo imperio ubicuo del libre mercado, que nos explicó Francis Fukuyama al poco de caer el último trozo de aquella vieja pared medianera en Berlín. Afganistán, con las sucesivas derrotas, tan humillantes ambas, de soviéticos y norteamericanos frente a unos desarrapados en sandalias, en el fondo, constituye la metáfora del gran fracaso del afán utópico que inspiró el pensamiento todo de la Ilustración, que es lo mismo que decir el gran fracaso del pensamiento canónico de Occidente. Y es que, para asombro general, los desarrapados de las sandalias se han impuesto tanto a los nietos de Marx como a los de Lincoln, tanto al Manifiesto comunista como al llamado consenso de Washington.

Dos apostolados quiméricos, el de los viejos comunistas y el de sus hermanos gemelos, los neoliberales que les sucedieron en su común afán por extender al conjunto del planeta unos valores y unos programas ideológicos estrictamente domésticos y occidentales, los primeros vía la economía planificada, los segundos por medio de los mercados desregulados y soberanos, a los que acaban de dar la puntilla definitiva una partida de andrajosos famélicos, una banda del empastre frente a la que el ejército de Pancho Villa pasaría por una disciplinada unidad de élite de la OTAN. Es la locura de las Luces, alojada en el espíritu de Europa antes de migrar rumbo a Estados Unidos para revestir de una falsa apariencia laica el mesianismo de sus padres fundadores. Tanto los comunistas rusos como los neocon yanquis quisieron fantasear con que sería factible injertar sus particulares valores domésticos en cualquier remoto arenal de Asia que se les antojase. Un delirio racionalista a cuyo servicio pusieron los dos ejércitos más poderosos del mundo con el resultado que estamos viendo ahora mismo en todos los informativos de televisión. El extravío de Occidente, nuestra particular demencia, reside en pretender que puede y debe existir algo parecido a una civilización universal portadora de unos principios y unos valores igualmente universales. Pero tal cosa no ha existido nunca, ni nunca existirá.

La caída del Muro no conllevó el final del pensamiento utópico, sino su simple tránsito de la izquierda, donde había permanecido instalado a partir de octubre de 1917, hacia la derecha. Desde entonces, la creencia gratuita en que modernización y occidentalización resultaban ser términos sinónimos se convirtió en la nueva quimera llamada a ocupar el hueco vacante de aquel socialismo que se dijo a sí mismo científico. Pero, al igual que antes los rusos, los chinos o los japoneses, los de las sandalias que se disponen a tomar Kabul en burro no tienen el más mínimo deseo de ser como nosotros, ni el más mínimo. Los europeos y nuestros cándidos parientes, los yanquis, hemos querido creer que todos los demás pobladores del planeta nos admiran y ansían en su fuero interno emularnos, que aspiran a desprenderse de sus añejas identidades tradicionales con tal de poder llegar a ser algún día tan ricos, tan civilizados, tan tolerantes y tan cosmopolitas como nosotros. Pero eso no es más que un síntoma secundario de nuestro delirio colectivo. El resto del mundo, esos desarrapados de las planicies de Afganistán incluidos, no quiere ser como nosotros. Bien al contrario, hay una parte, y nada desdeñable,  de ese otro mundo a la que le complacería vernos destruidos. Se acabó, ahora sí, el bonito cuento de hadas fruto de la imaginación febril de Fukuyama. Esos toscos barbudos con su fanatismo intacto, sus escopetas de feria y sus chilaba raídas encarnan hoy la prueba andante de que la mundialización de la economía no ha implicado la extensión a todos los rincones del planeta del capitalismo en su versión anglosajona, liberal e individualista, ni que tampoco la democracia ha sido su correlato político. Bienvenidos, pues, al retorno de la Historia.

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