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La vida buena

Foto: Martin Adams | Unsplash

Se acaba de publicar una joyita: La hazaña secreta, de Ismael Grasa (Turner). Un libro pequeño que uno puede llevar en el bolsillo como si llevase los principios de la civilización. El autor lo define como “una reflexión ética y cívica disfrazada de manual de urbanidad”.

Es un libro finísimo, auténtico pero con cierta coña a su vez: con unos particularismos que el autor eleva a consejos universales; aunque de un modo nada impositivo, sutilmente juguetón. Hay mucho del espíritu de Montaigne, y al cabo lo que alienta es el ejemplo de su trazo: cada cual puede hacer de la vida cotidiana su reino, disponiendo sus elementos afines.

Ha querido la suerte que me leyese justo antes un excelente ensayo de filosofía moral que publicó en el año 2000 Juan Antonio Rivera: El gobierno de la fortuna (Crítica). Entre sus muchos estímulos, resalto la idea de que el sujeto puede concebirse como una serie de “yoes sucesivos”, y para la vida buena conviene que el yo presente piense también en los futuros. La mortalidad actuaría como imperativo: “Solo porque el tiempo de vida es irremediablemente limitado tiene caso ser racional, es decir, atinar para tratar de llevar la mejor vida de entre las posibles”.

Grasa parte de esta misma noción –que es una noción clásica– para su propuesta de apuntalamiento de la vida: “El fin es ser un hombre. Porque la dignidad empieza en la consciencia de la muerte y en cierta clase de desesperación. Y así es como buscamos la felicidad”. La gran idea que cruza La hazaña secreta es que “lo interior se sujeta en lo exterior, y no al revés. No existe lo profundo desvinculado de las cosas, de los gestos, de las rutinas”. Por ello, “todo lo que uno hace, en la medida en que está bien hecho, tiene algo de ceremonial”.

Las instrucciones de este prontuario para la vida diaria me han recordado a las de El turista accidental, y Grasa no deja de tomarse la jornada como una especie de aventura turística menor. Grasa, de hecho, ha tomado su título de esta frase de Gómez de la Serna: “No hay más que la hazaña secreta, la aventura del atardecido”. Me ha gustado especialmente cuando a ese turista de lo cotidiano le sobrevienen ráfagas morales, algo nihilistas (o neuróticas) pero serenas. Como en este párrafo: “Uno tiene que ir al peluquero, tiene que ir al dentista, tiene que cortarse las uñas. Cuando ha acabado, uno se sienta en una silla y deja que se repose un rato sobre él toda la tristeza del mundo. Quizá acuda también, como una racha de viento, cierta clase de entusiasmo. Después uno se levanta y continúa con lo que queda del día”.

Pero mi momento preferido de La hazaña secreta quizá sea este, que acaba con la misma palabra que el anterior (un palabra clave): “De joven me dijeron que debía hacerme la cama al levantarme, y lo mismo he dicho luego a otros. Si uno no tiene ninguna tarea, si uno está triste, quizá deba sentarse en la cama que acaba de hacer y respetar así la estructura del día”.

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