The objective

El Subjetivo

Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

La vida líquida

Foto: Mariscal | EFE

Enric González, de natural prudente, nunca habló tan alto como cuando en sus memorias lo hizo de Juan Luis Cebrián: “Vale, el poder miente. Siempre. Pero lo de Cebrián es de traca. En comparación con él, Mariano Rajoy cumple sus promesas con la precisión de un reloj suizo. El poder miente, siempre, pero para encontrar a alguien comparable a Cebrián hay que remontarse a Goebbels”. Debió de gustarse, porque a partir de entonces no hubo entrevista en la que no despotricara del antiguo director del periódico, en ocasiones de forma un tanto rebuscada (“Cebrián y Pedro Jota tienen el nivel ético de una oruga”, llegaría a declarar), como parece inevitable cuando a alguien se le ha llamado nazi. Por entonces la inquina ya era mutua. A los diez días de que González fuera incluido a petición propia en el ERE de El País, Cebrián borró su nombre de un artículo de Santos Juliá, sentando jurisprudencia entre los redactores acerca del tratamiento que a partir de entonces debía merecer el maestro de corresponsales. Era su respuesta al artículo de Jot Down en que González, precisamente buscando el despido, incendió-las-redes: “Comparto la opinión universal sobre Cebrián. A mí también me causa horror y una cierta repulsión. Pero prefiero pensar que está enfermo y que la cura a su enfermedad no puede pagarse con dinero. No debe de ser, como pensé hace unos años, un simple caso de ludopatía bursátil. Si fuera así, habría recuperado ya la lucidez. Dudo que lo suyo tenga remedio. Es una lástima”. Hace unos días se supo que González ha regresado a la que fue su casa, luego de una oferta de la nueva directora, Soledad Gallego-Díaz, la misma que, en una decisión inaudita incluso para El País, puso en la calle a David Alandete, José Ignacio Torreblanca, José Manuel Calvo, Maite Rico y Luis Prados. Su triunfo es incontestable, y no sólo porque la destitución de Cebrián haya sido condición inexcusable. En apenas seis años ha sido indemnizado con un pastizal, ha puesto a caldo al consejero delegado, ha racaneado su talento en la competencia (de la que, cada vez que ha tenido ocasión, ha dicho que no le ponía tan cachondo como la primera) y ha vuelto a El País para ir a hacer las Américas, y siempre cobrando un poco más y trabajando un poco menos. Ondoyante, la vida.

Más de este autor

El mal mayor

El activista hispano-argentino Gerardo Pisarello siguió estudios de Derecho en la Universidad Nacional de Tucumán, su ciudad natal. En 1995, no bien obtiene la licenciatura (...

Apolítico

La renuencia de Rivera a las banderías no tenía que ver con una supuesta voluntad de consenso, sino con su desafección respecto al debate, digamos, ideológico

Más en El Subjetivo