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La vida no es así

La vida no es de ninguna manera si nos atrevemos a corregir su curso y su discurrir con incisos y abreviaturas, pronombres y delicadeza

Foto: John Moeses Bauan | Unsplash

“La vida no es así” decía un lector sobre el libro. Me jorobó un poco la frase, porque el libro es mío. “La vida no es así”. Me paré mucho a pensar qué demonios quería decir eso. ¿Cómo es la vida, que no es así? Me dije. Quizá, no es así la vida de este lector, o se refiere a que es un libro que idealiza la vida… ¿Qué significa esto? La frase me fastidia porque la he escuchado miles de veces con respecto a muchos libros favoritos y en esta ocasión, como el libro era mío y los autores siempre estamos tratando de complacer internamente al lector, traté de preguntarme si acaso la literatura debe de ser como la vida. La respuesta instintiva es que mi literatura no puede ser más como la vida ni menos como la vida. Pero sobre todo, ha de ser como la vida que no existe. Quizá una zanahoria, una quimera, para seguir insistiendo en que la vida sea más como en las novelas y menos como en la realidad.

“No, la literatura no debe ser como la vida”, pensé. Ni siquiera cuando la vida propia está minuciosamente descrita en un libro, porque esa vida propia no es la vida, es una vida en un momento esencial para alguien, que se convierte en una ficción irreal, o aspiración, o espejo literario para el ojo ajeno.

Por supuesto, esa fue mi respuesta instintiva. La respuesta real no existe, porque hay mil respuestas a cómo debe de ser la literatura, aunque casi todas pasan por la frase “la literatura no es la vida. Es esa otra cosa que refleja la vida. Es el lago en el que se refleja un bosque que ondea sobre las aguas”.

Qué es, concretamente, la literatura, tiene mucho que ver con el momento, el libro, el lector, el estado social y emocional en el que se encuentra ese lector. La literatura es un oleaje de ficciones que despierta realidades intensas. Un libro puede no ser para ti en este instante, pero ser justo el bálsamo requerido dentro de veinte años. Un libro puede no ser nada más que un entretenimiento, que no pretende mejorar el presente, ni cambiar el estado de las cosas y un libro puede ser todo lo contrario a la vida.

La literatura con mayúsculas pretende y aspira en muchas ocasiones a cambiar el presente. El autor, en su emoción personal, desea preguntarse, cambiar algo de sí mismo o de su contexto, reflexionar sobre él, y ese impulso renovador, ese exorcismo que es escribir, es la misma esencia de la vida. Si un libro tiene alma, coraje, ya es como la vida.

Tal vez, efectivamente, “la vida no es así”, tal y como la pintan los personajes, o el narrador de muchas novelas. Los policías no hablan como en las novelas. Los médicos no ponen vías a los enfermos, como en las series de televisión. Los escritores no son historiadores y se permiten licencias de todos los colores para emocionar, entretener, explorar los rincones de la trama o de la narración. La vida no es ni mucho menos como la ficción pero es que yo diría que la vida ni siquiera es como la vida.

¿Y cómo es la vida? La vida es y no es de una sola manera. Somos los autores de nuestro destino, en la medida en que el contexto nos lo permite. Escribimos el día a día con las herramientas que nos dieron nuestros padres o el poder económico y cultural en el que hemos caído en gracia o desgracia. No podemos dominar todos los elementos que nos encorsetan para la vida, pero hay muchas cosas sencillas, posibles, que nos ayudan a adjetivar la vida y convertirla en otra cosa que no es como la vida.

Para unos es más difícil que para otros construir esta narración que se revuelve contra nosotros como el mismísimo texto y los personajes se nos rebelan a los autores. Pero la vida no es un dictado. No siempre. La vida no es de ninguna manera si nos atrevemos a corregir su curso y su discurrir con incisos y abreviaturas, pronombres y delicadeza.

Cómo cambia la vida si hablamos con los desconocidos. Si cerramos una puerta con cuidado. Si hacemos la broma con la cajera, el comentario sobre el día soleado con el portero al salir de casa, si nos levantamos a cederle el sitio a ese señor anciano en el autobús, si intervenimos en una conversación ajena sin dar por saco y con acierto. Si interactuamos con la vida en las pequeñas cosas, como el escritor interactúa puntuando el texto, o añadiendo un adjetivo, o usando un tono determinado, la vida se vuelve increíble. El desenfado, la generosidad, la atención al detalle, la honradez, son elementos absolutamente literarios en ese texto que es el día a día y cuando se usan, cuando agradan a otros, la vida nos recompensa con anécdotas, carcajadas, momentos tiernos y deja de ser La Vida para convertirse en una ficción apasionante que no cesa de sorprender. No, mis libros no son como la vida y mi vida tampoco es como la vida. Recomiendo mucho una vida de ficción, aunque me ha llevado casi cincuenta años de práctica saberla escribir.

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