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La virtud en los tiempos de Twitter

"Ha sido en Twitter donde he comprendido perfectamente lo que el sabio español quería denunciar al definir el fariseísmo como el hábito de construir la bondad propia con la maldad ajena"

Foto: Matt Rourke | AP

Parafraseando un famoso incipit novelesco, no he querido saber, pero he sabido, que llevo seis años usando o padeciendo Twitter, única red social de la que soy usuario. Recuerdo bien el momento en que ingresé en este bochinche. Fue mi esposa, en un impropio alarde de insensatez, la que expuso, a la vista de que entonces empezaba a publicar en prensa, la necesidad de estar presente en las redes, «hacerme una marca» y dar difusión a mis artículos. Ella ahora se arrepiente y yo me siento atrapado, prisionero de una suerte de un Alcatraz psicológico. Mis sentimientos son, por lo demás, ambiguos. Por un lado, Twitter hizo lo prometido: amplió el radio de lectores y lecturas y, al hacerlo, funcionó como un eficaz agregador de afinidades. Gracias a Twitter tengo nuevos conocidos, amigos y mentores a quienes no podría ni sabría renunciar. Pero el pacto con las redes sociales no ha tardado en manifestar su naturaleza fáustica. El diablo, deberíamos saberlo ya, no hace regalos. No me refiero únicamente a la monstruosa pérdida de tiempo ni al probable daño en la retina que pronto hará necesaria una nueva graduación para mis gafas. Me inquieta más la creciente evidencia de que, arrojados al turbión del timeline, no pasa demasiado tiempo hasta que empezamos a dar la peor versión de nosotros mismos. El efecto es doblemente corrosivo en quienes tenemos una ligera propensión a la pendencia dialéctica, es decir, todos los españoles menos dos o tres. Creyéndonos movidos por el noble deseo de contribuir a un debate interesante, pero más a menudo incitados por lo que Weber llama el clerical vicio de querer tener razón, nada más fácil en Twitter que enzarzarse en una disputa en la que el propio formato obliga a un estilo lapidario que rápidamente prescinde de los matices. La deserción del recato que sí guardamos cuando el interlocutor está presente hace el resto.

Nada de esto, supongo, sería terrible, o no nos perjudicaría más que a nosotros mismos, si Twitter no obtuviera su combustible de una vida pública crecientemente moralizada y por lo mismo propicia a eso que el inglés llama virtue signalling y en español podemos tildar de exhibicionismo moral. En momentos de paz social y cordialidad política, Twitter es un divertido bazar de ideas donde se aprenden cosas; en un mundo de buenas causas militarizadas, Twitter se convierte en una asamblea de facundos catequistas resentidos; el lugar donde, como diría Odo Marquard, a la vista de lo duro que resulta tener una conciencia limpia de todo conflicto, nos dedicamos a ser la mala conciencia de los demás. O también podríamos decirlo a la manera de Ferlosio: ha sido en Twitter donde he comprendido perfectamente lo que el sabio español quería denunciar al definir el fariseísmo como el hábito de construir la bondad propia con la maldad ajena. Y por extensión, añado, la propia inteligencia con la necedad de los demás. Emperifollados con el hashtag de moda, en Twitter no se entra ya para pegar la hebra en un momento de tedio, sino para que el mundo entero sepa que aprobamos o condenamos lo que haya que aprobar o condenar. Pero ya nos recuerda Gide que la única lágrima sincera es la que se vierte en la soledad de un cuarto oscuro, y no hace falta ser un moralista para saber que la virtud no es algo que se anuncie con letreros luminosos (aplicando la regla a un asunto en boga, cabría recordar que respetar a las mujeres es lo contrario de adularlas).

Cuando uno se descubre a sí mismo participando en este enorme circo donde ventilamos en público nuestras peores cualidades, surge el incentivo, como quien dice, para quitarse. ¿Por qué no hacerlo? Tal vez porque uno no está aún preparado para entregarse al retiro huraño del mundo. A poco dudar, porque no ha colmado aún su vanidad, y necesita seguir incurriendo en la innoble servidumbre de la autopromoción. Quizá porque borrarse podría no ser sino el supremo gesto de altivez. En suma, por una razón u otra, no he reunido el ánimo para hacer mutis por el foro. Pero quizá se pueda hacer de la necesidad virtud: convertir Twitter no en el escenario de nuestras batallas contra el resto, sino contra uno mismo. Una especie de gimnasio del carácter donde aprender a disentir sin perder la compostura, a no querer tener razón siempre ni sentirse llamado a refutar cada tontería que nos salga al paso; a no repetir gregariamente aquello que nos granjea aplausos, pero no creemos realmente; a no preocuparnos por decir lo que es obvio, a practicar la indulgencia con los demás (una forma de autocompasión futura); a ahorrar al mundo nuestro sarcasmo; a saber qué discusiones son fecundas y cuales no; a quedarse callado. Estos son los píos propósitos; si mañana ven a @JuanCladeRamon incumplirlos con estrépito, recuerden la parte de la indulgencia

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