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La voz ronca

"La posibilidad de reformar España con consenso se frustró durante largo tiempo con la moción de censura de mayo de 2018"

Foto: British Library | Flickr

"Se te nota enfadado". Pensé que mi amigo no interpretaba bien mis sentimientos, que eran de tristeza y abatimiento. No muy distintos de los que evidenciaba el expresidente González, que ha pronunciado la frase más dramática estas semanas, sin que nadie lo haya tachado de tremendista: "España está cavando su propia grieta". Pero para dar razón de mi propio pesar, me veo obligado a contar algo de mi recorrido personal estos años. Pido perdón por ello. Se cumplen ahora siete años desde mi primer artículo en prensa. Si echo un vistazo a lo escrito desde entonces, compruebo que el tema rara vez se separa de lo que, creo, son los males específicos de la política española: el sectarismo que impide acuerdos entre la izquierda y la derecha, y la coacción identitaria que en parte del territorio (señaladamente, País Vasco y Cataluña) se somete a la ciudadanía que no comulga con el credo secesionista. Sin más límites que los de mi inteligencia, he procurado conjugar crítica y propuesta; de forma semiconsciente, fui hilvanado una teoría para una España pluralista en la que los ingredientes de lo común y de lo propio gozaran de un valor equivalente, imbricándose como trama y urdimbre de un tapiz que se estaba desgarrando a la vista de todos. Junto a mi amiga Aurora Nacarino-Brabo, coordiné La España de Abel, un libro donde juntamos 40 voces de diversa ideología y origen geográfico exaltando la reconciliación entre españoles. Por mi cuenta, publiqué un librito con el propósito de que la política española dejara de intentar solucionar la crisis catalana con tópicos fallidos y desnortados que, fracasando en el diagnóstico, habían de fracasar por fuerza también en el remedio.

Si tomáramos enero de 2020 como meta volante, fuerza es reconocer que estos empeños han fracasado. España opta de nuevo por el cainismo y, como se pudo comprobar durante el debate de investidura, nunca las élites nacionalistas han tenido más éxito a la hora de hacernos hablar con sus palabras. Prescindiendo del reparto de culpas, tengo la certeza de que la posibilidad de reformar España con consenso se frustró durante largo tiempo con la moción de censura de mayo de 2018. Veo cómo los fallos encadenados del proceso de reforma del Estatut de 2006 se levantan como zombis del cementerio de las malas ideas. Bien. Uno ha de aceptar deportivamente la derrota. Soñé con una España pluralista, de acumulación de identidades, entre ellas la que guarda y valora lo compartido; parece que la visión alternativa, la de un Estado plurinacional de uniformidades yuxtapuestas, donde los españoles tengamos cada vez menos cosas en común, se impone. Pruébese. Lo digo sin amargura: a lo mejor funciona. A nadie le gusta el papel de casandra y no desconozco en mí una cierta propensión a la rumiación que podría sesgarme el juicio.

Ciertamente, como cada vez que se ha intentado llevar a cabo una transformación del país sin contar con un amplio espectro de españoles que poco o nada tienen de ultras, el proyecto tendrá oposición. Habrá enconamiento. La cuestión de las formas será muy importante. Se discutirán los límites de lo que se puede decir. Un desatino condenable será cuestionar la legitimidad del nuevo Gobierno. El riesgo simétrico será cuestionar, como ha escrito David Jiménez, la legitimidad de la crítica. La mesura no es fácil: ser pertinente sin ser panfletario no es algo que se nos dé bien y en una España polarizada es fácil que personas de natural moderadas digan tonterías y cosas injustas. Tampoco es difícil para el oído dejar de sintonizar la frecuencia por la que circula la agresividad verbal de los nuestros. Por otro lado, hay formas de moderación que lindan con la indiferencia; maneras apasionadas que son fruto del respeto por la inteligencia de uno y de los demás, y por el tema discutido. Y hay cosas que vemos muy claras que no son verdad. Nada es fácil y solo podemos escoger nuestra propia pauta de comportamiento, no la de los otros.

Cierto: muchos han tenido la sensación estas semanas de que un rociado de gas de luz les caía del cielo, haciéndolos dudar de sus percepciones y de su memoria. Las palabras cambiaban de significado: pactos voluntarios se decían obligados; se hablaba del libre desarrollo de las identidades nacionales mientras se asumían las ideas de quienes sofocan el libre desarrollo de la identidad española en sus comunidades. No puedo reprochar a personas que han empeñado lo mejor de su vida en la lucha contra la coacción secesionista que se sientan avasalladas. Pero cabe recordar una línea de un poema de Brecht, escrito en circunstancias más penosas "también la ira contra la injusticia / pone ronca la voz". Aunque tarde, un nuevo periodo de concordia entre españoles se abrirá paso: nuestras cuerdas vocales han de conservar para entonces su mejor timbre.

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