Cristina Casabon

Larra era populista de centro

«El ciudadano de centro no es populista, es un español atormentado por la dinámica polarizadora que en el fondo solo pide tener políticos normales y que no le corten la cabeza»

Opinión

Larra era populista de centro
Foto: | Wikimedia Commons
Cristina Casabon

Cristina Casabon

Madrid, 1988. Profesora en la Universidad Carlos III. Articulista. El mundo como sustrato potencial de la ficción.

El espectáculo de la gestión de la pandemia, a veces dramático otras grotesco, y la picaresca de políticos que actúan por intereses partidistas y cálculos electorales es una cosa difícil de tragar. La política puede observarse como un cuadro de costumbres privadas, y solo bajo esta óptica se explicarían muchos de los tejemanejes que se producen dentro de los partidos y de nuestras instituciones. Larra, como buen español con temperamento polemista y mordaz y una perpetua preocupación por el país, denunció los tejemanejes de su tiempo. En Los Calaveras hizo un retrato de estos personajes pintorescos de España, entre los que se encuentran la mayoría de los políticos. Cada época tiene sus calaveras, y aunque hay subtipos, sus principales rasgos son el talento natural, es, decir, no cultivado (los cargos se asignan por su talento natural), y la poca aprensión” entendida como una indiferencia filosófica hacia el qué dirán (no se esfuerzan ni en disimular su falta de profesionalidad).

Para Larra, «muchos de los importantes trastornos que han cambiado la faz del mundo, a los cuales han solido achacar grandes causas los políticos, encontrarían una clave de muy verosímil y sencilla explicación en las calaveradas». Sabemos cuándo hay más calaveras que políticos honrados al mando de la gestión de una crisis porque entonces triunfan el linchamiento, la polarización, la ausencia de rendición de cuentas o de autocrítica, la opacidad, la poca profesionalidad. “Habla de la vacuna como si estuviesen vendiendo champú crecepelo, dijo un amigo el otro día comentando un vídeo de Sánchez. Esta es nuestra realidad, la política se ha convertido en un frívolo anuncio publicitario, por mucho que algunos se empeñen en seguir dándole un carácter de dignidad que ya no tiene. Con la gestión de la pandemia, el tacticismo político ha pasado a ser un juego macabro, y la autocrítica brilla por su ausencia. El irresponsable tacticismo y el partidismo perjudicarán también la toma de medidas para solucionar la crisis económica. Como dijo el Pobrecito Hablador, «la suerte de más de un pueblo se ha decidido a veces por una simple calaverada» y nuestra suerte está echada.

Es por todos conocido que el calavera, como prototipo de político español, siempre ha formado parte de nuestro paisaje político. Como no va a haber auditoría independiente de la gestión de la pandemia, la opinión sobre la gestión la tienen que hacer los medios y los tertulianos, los columnistas y algún experto que es entrevistado de vez en cuando para expresar su angustia y perplejidad ante la ausencia de criterios científicos en la toma de decisiones políticas. En estas estábamos cuando ha aparecido un término académico: los «populistas de centro». Cualquier parecido de este término con el populismo es pura coincidencia. La rigidez del lenguaje académico todo lo mistifica, crea un concepto con connotaciones negativas de una costumbre que es más vieja que Figaro, la costumbre de comentar los tejemanejes de la política española y la picaresca. Es un juego malabar de categorías que sustituye la experiencia que vivimos por un relato edificante en el que toda la realidad se ajusta a un manual académico. ¿Son cínicos? No, son víctimas de sí mismos, de su academicismo. Pero lo que dicen acaba magnificando u ocultando los detalles prosaicos del mundo real. El resumen del nuevo hallazgo científico se resumiría así: el peor populismo es el centrismo, la tecnocracia es franquismo moderno y el centrismo es el nuevo radicalismo. Alguno ya está pensando en escribir sobre el liberalismo antiliberal

Melancolía y humor. El populista de centro es, en realidad, un «pobrecito hablador», un aprendiz de Larra que solo pide un poco de profesionalidad a los políticos, que pide profesionales y expertos al mando de una crisis, y una mínima rendición de cuentas. La realidad es que los españoles somos meros comentaristas de nuestra política picaresca, no participamos más que como meros observadores que tienden hacia los extremos y la radicalización (en el lenguaje, en los términos, en las formas, en el fondo). Socialdemócratas y liberales estamos más polarizados que nunca y por lo tanto el centro cada vez se vuelve más minúsculo, es como un repollo. Cyrano proclamó la fraternidad de los hombres con los repollos, e imagina la protesta de un repollo que va a ser cortado: «Hombre, mi querido hermano, ¿qué te he hecho que merezca la muerte?» Por eso deberíamos dejar bien claro, el ciudadano de centro no es populista, es un español atormentado por la dinámica polarizadora que en el fondo solo pide tener políticos normales y que no le corten la cabeza.

Es bonito pensar que un día el ciudadano, ya desencantado del espectáculo político, estará de vuelta de anuncios publicitarios de crecepelo y calaveradas, y exigirá a sus representantes recuperar el principio de la utilidad en la política. Pero quizás solo seamos repollos corteses que esperamos pacientemente a que llegue nuestra ansiada vacuna, a que la vida vuelva a la normalidad, a que todo se solucione de forma cordial y amable.

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