Gregorio Luri

Las Arginusas

Anatole France tenía razón: los dioses, también los de la democracia, siempre tienen sed.

Opinión

Las Arginusas
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

 

Anatole France tenía razón: los dioses, también los de la democracia, siempre tienen sed.

“Siempre me mantuve en mi lugar, cumpliendo con determinación y coraje las órdenes de Atenas”, les dice Sócrates a los jueces de los que pende su vida. Nota que se revuelven, inquietos. Se sienten acusados. Por eso protestan airadamente cuando añade que quien lleva la contraria a una asamblea democrática, tiene las de perder. Para ponerlo de relieve recuerda las Arginusas.

En el año 406 la flota ateniense derrotó a la espartana frente a las islas Arginusas. El eco del triunfo llegó pronto a las calles de Atenas, pero la alegría se mudó en rabia al conocerse que una súbita rolada de vientos había levantado olas enormes, hundiendo 25 trirremes e impidiendo el rescate de los fallecidos en combate. Los atenienses, incapaces de soportar la imagen impía de los cuerpos de sus héroes abandonados, convocaron urgentemente una asamblea y en una tumultuosa sesión, decidieron juzgar a los almirantes colectivamente. A los que alegaron que las leyes les garantizaban un juicio individual, les respondieron que la asamblea era el pueblo. Hacía y deshacía leyes y, por lo tanto, su voluntad estaba por encima de la ley. Alguien propuso condenarlos a muerte, sin juicio previo. Pero el orden del día no se podía alterar sin el consentimiento del jefe del gobierno que, aquel día, le había tocado en suerte a Sócrates.
“Me opuse a vuestra voluntad, impidiendo la violación de las leyes”, recuerda a sus jueces.

Sócrates entendía que la mayoría no posee más autoridad que la ley y que o se aprobaban nuevas leyes o se respetaban las que la democracia se había dado a sí misma. Precisamente porque el entusiasmo es el opio del pueblo, las formalidades están hechas para templar entusiasmos. Pero la asamblea, fascinada por el advenimiento de su propio poder, no estaba dispuesta a someter su voluntad a la formalidad de los procedimientos.

Sócrates leyó en las miradas de sus jueces que con la mención de las Arginusas, había firmado su condena de muerte.

Moralejas:

– No hay democracia sin la capacidad del conjunto de los ciudadanos de dotarse de límites.

– Frente al poder ilimitado, pero ciego, de la voluntad entusiasta, el poder limitado y prudente de la ley y los procedimientos, porque no es extraño que el desencanto suceda al entusiasmo popular y hay veces en que el pueblo, frustrado, acaba aplaudiendo la llegada de un salvador.

– Anatole France tenía razón: los dioses, también los de la democracia, siempre tienen sed.

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