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Las Arginusas

 

Anatole France tenía razón: los dioses, también los de la democracia, siempre tienen sed.

“Siempre me mantuve en mi lugar, cumpliendo con determinación y coraje las órdenes de Atenas”, les dice Sócrates a los jueces de los que pende su vida. Nota que se revuelven, inquietos. Se sienten acusados. Por eso protestan airadamente cuando añade que quien lleva la contraria a una asamblea democrática, tiene las de perder. Para ponerlo de relieve recuerda las Arginusas.

En el año 406 la flota ateniense derrotó a la espartana frente a las islas Arginusas. El eco del triunfo llegó pronto a las calles de Atenas, pero la alegría se mudó en rabia al conocerse que una súbita rolada de vientos había levantado olas enormes, hundiendo 25 trirremes e impidiendo el rescate de los fallecidos en combate. Los atenienses, incapaces de soportar la imagen impía de los cuerpos de sus héroes abandonados, convocaron urgentemente una asamblea y en una tumultuosa sesión, decidieron juzgar a los almirantes colectivamente. A los que alegaron que las leyes les garantizaban un juicio individual, les respondieron que la asamblea era el pueblo. Hacía y deshacía leyes y, por lo tanto, su voluntad estaba por encima de la ley. Alguien propuso condenarlos a muerte, sin juicio previo. Pero el orden del día no se podía alterar sin el consentimiento del jefe del gobierno que, aquel día, le había tocado en suerte a Sócrates.
“Me opuse a vuestra voluntad, impidiendo la violación de las leyes”, recuerda a sus jueces.

Sócrates entendía que la mayoría no posee más autoridad que la ley y que o se aprobaban nuevas leyes o se respetaban las que la democracia se había dado a sí misma. Precisamente porque el entusiasmo es el opio del pueblo, las formalidades están hechas para templar entusiasmos. Pero la asamblea, fascinada por el advenimiento de su propio poder, no estaba dispuesta a someter su voluntad a la formalidad de los procedimientos.

Sócrates leyó en las miradas de sus jueces que con la mención de las Arginusas, había firmado su condena de muerte.

Moralejas:

– No hay democracia sin la capacidad del conjunto de los ciudadanos de dotarse de límites.

– Frente al poder ilimitado, pero ciego, de la voluntad entusiasta, el poder limitado y prudente de la ley y los procedimientos, porque no es extraño que el desencanto suceda al entusiasmo popular y hay veces en que el pueblo, frustrado, acaba aplaudiendo la llegada de un salvador.

– Anatole France tenía razón: los dioses, también los de la democracia, siempre tienen sed.

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