José García Domínguez

Las confesiones de Obama

«Sí, la famosa burbuja inmobiliaria española, aunque todavía hoy nadie ose decirlo en voz demasiado alta, la cebó Alemania»

Opinión

Las confesiones de Obama
Foto: Markus Schreiber| AP
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

«Me di cuenta de que Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy rara vez mencionaban que los bancos alemanes o franceses eran algunos de los mayores prestamistas de Grecia», escribe con algo bastante parecido a la sorna Barak Obama en Una tierra prometida, esa primera entrega de sus memorias que acaba de ver la luz en español. Obama, lúcido observador distante, comprendió de inmediato que la crisis del euro remitiría en última instancia a la muy prosaica cuestión de que un sanedrín francoalemán de banqueros necios e incompetentes prestó montañas de dinero a un pequeño Estado regido por otro sanedrín de políticos aún más necios e incompetentes que ellos, dinero que se evaporó en el aire al súbito modo y que los banqueros necios e incompetentes ansiaban recuperar luego por la vía de endosar la deuda del pequeño Estado a todos los contribuyentes europeos. Socialismo de las pérdidas se llama esa la figura que tantos ilustres y entusiastas partidarios comenzó a tener a partir de 2008 en adelante. Parece, pues, que Obama se dio cuenta de lo obvio en el asunto griego, pero también parece que tendremos que esperar a que llegue a las librerías la segunda parte de su libro para saber si el entonces presidente de Estados Unidos igual era sabedor, al menos en su fuero íntimo, de que el caso de España, con sus propios rescate e intervención encubiertos, resultaba muy similar al de Grecia.

Volvamos por un instante a 2007, cuando las vísperas del derrumbe súbito de la economía española. Aquel año se habían empezado a construir 700.000 viviendas a lo largo de todo el territorio nacional, viviendas que ni los bancos ni las cajas de ahorros podrían haber financiado jamás con sus recursos por la muy sencilla razón de que no disponían de depósitos suficientes como para asumir un volumen de créditos al sector inmobiliario tan definitivamente elefantiásico; no obstante lo cual, las 700.000 promociones, muchas izadas en medio de la nada, casi todas abocadas a la quiebra antes de siquiera colocar el primer ladrillo, lograron acaparar seis de cada diez euros prestados por el sistema financiero español durante aquel ejercicio. Así las cosas, la pregunta que nadie se quiso hacer entonces se antoja evidente: ¿De dónde sacaron el dinero que no tenían tanto nuestros bancos como las cajas de ahorros para lograr costear aquella locura? No hace falta disponer de la información selecta y la capacidad analítica de un Obama para intuir que solo podría tener un origen: los banqueros alemanes ansiosos por colocar en alguna parte las toneladas de euros provenientes de los ya crónicos superávits comerciales de su país en relación a los socios comunitarios del Sur. Sí, la famosa burbuja inmobiliaria española, aunque todavía hoy nadie ose decirlo en voz demasiado alta, la cebó Alemania.

Luego, tras la explosión del globo, a la gente de la calle se le explicó que debería pagar 75.000 millones de euros de su bolsillo con el argumento de que la banca no funciona igual que las fábricas de salchichas. Si uno de los de las salchichas quiebra, se les dijo, sus clientes se van a la competencia y asunto resuelto. Pero si quiebra un banco, se les aclaró, entonces todos los demás bancos pueden hundirse también como consecuencia del pánico financiero que se extendería entre los clientes de las entidades sanas. Por tanto, procedía que soltasen esos 75.000 millones por su propio bien. Ocurre, sin embargo, que el argumento era falaz. En España no existía ningún Lehman Brothers en potencia antes de la creación de Bankia. El sistema financiero español no habría provocado ningún episodio de histeria colectiva entre los ahorradores si a Caja Ávila o Caixa Layetana, dos de los muchos pezqueñines que acabaron alumbrando el gigante Bankia, se les hubiera dejado quebrar ante un juzgado de lo mercantil. No habría pasado nada, nada de nada. Como nada pasó cuando, por ejemplo, los accionistas del Banco de los Pirineos perdieron todo su dinero tras su declaración de quiebra. Y es que, al menor brote de miedo entre los ahorradores, el BCE hubiese regado de liquidez a las entidades sanas. Lo dicho, no hubiese ocurrido nada. Entonces, ¿por qué no se procedió a la liquidación ordenada de las cajas podridas y, al contrario, se forzó la creación de un mastodonte, Bankia, que sí podía poner en riesgo al sistema todo en caso de tambalearse? ¿Tal vez porque en el primer supuesto los tenedores alemanes de unos títulos de deuda corporativa llamados cédulas hipotecarias, la gran fuente inagotable de dinero fresco que financió la burbuja española de principio a fin, no habrían recuperado nunca ni un euro de sus temerarias inversiones? Quizá Obama tenga la respuesta.

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