Joaquín Jesús Sánchez

Las cosas del comer

«Temo escandalizar a las gentes prudentes, pero el trabajo no es un fin en sí mismo, ni dignifica, ni ninguna de esas pamplinas. Se va al tajo porque no hay más remedio, pero el verdadero enaltecedor del espíritu humano es el descanso»

Opinión

Las cosas del comer
Foto: Fernando Alvarado| EFE
Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) estudió Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Puede seguir sus trepidantes aventuras en www.unmaletinmarron.com

El Banco de España, ese Pepito Grillo de la patronal, dice que la subida del salario mínimo ha frenado el crecimiento del empleo. Le sueltas a un paisano 900 euros y se te desmorona el país. En España hay dos millones y medio de trabajadores pobres: gente que ficha sus ocho horitas al día y, aun así, no tiene para costearse los gastos. Esto, que en román paladino se llama esclavitud, no parece preocuparles un pelo de la cortinilla.

Temo escandalizar a las gentes prudentes, pero el trabajo no es un fin en sí mismo, ni dignifica, ni ninguna de esas pamplinas. Se va al tajo porque no hay más remedio, pero el verdadero enaltecedor del espíritu humano es el descanso. La holganza, vamos. Eso lo han sabido toda la vida la gente conservadora de verdad, los marqueses y los rentistas. Lo diré claro: si la nómina no da para pagar facturas, mejor quedarse en la cama.

Se supone que el Estado se inventó para evitar que los intereses privados fuesen en menoscabo del bien común. A tal fin, el gobierno socialcomunista de España, el «más progresista de la historia», con sus ministros con el carné del PCE, ha decidido poner peajes en todas las autovías del país y encarecer la electricidad en las horas en las que se usa la electricidad. Están a un tris de eliminar las clases e instaurar el socialismo real. Hubo un tiempo en que la izquierda patria, tan aficionada al lenguaje de cartón piedra, lloraba por la «pobreza energética». El sintagma es de traca. Iban a nacionalizar las eléctricas y todo. «Toda la riqueza del país está subordinada al interés general», clamaba Pablo Iglesias con la constitución en la mano. Menudo bochorno.

Mientras tanto, Alberto Garzón está preocupadísimo por el consumo creciente de bebidas energéticas. ¡Qué diagnóstico tan certero de los problemas de la clase obrera, camarada! La cosa es para arrancarse las barbas a puñados. A este lo colocas en el sitio de Stalingrado y te suelta una filípica sobre los riesgos de beber vodka.

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