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Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Las cosas que valoramos por su ineficiencia

"Preferimos no ahorrarnos los reales. Seguimos buscando las cosas humanas como nosotros. Las cosas absurdamente valiosas e ineficientemente humanas como nosotros"

Foto: Kelsey Knight | Unsplash

“O cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la Cuarta Revolución Industrial”. El subtítulo no me cabe así que lo pongo de primera línea. ¿La respuesta? Tomando cerveza artesanal en un pueblo de Ávila.

Está entre mis responsabilidades seguir de cerca todos los papers que salen sobre el efecto de la robotización en el Futuro del Trabajo. Por mucho tiempo, me asusté. La infame cifra de Frey y Osborne de la Universidad de Oxford, aquella de que perderíamos el 47% de los empleos, me seguía a todas partes. Al ver la noticia del taxi robotizado de Google. Al entrar por primera vez a la tienda sin dependientes de Amazon Go. Al ver en Youtube las proezas de los chefs automatizados de Japón.

La lógica era redonda. En un país como España, los tres empleos más comunes son precisamente los de conductor, dependiente, y preparador de comida. Ya tenemos tecnología para acabar con los tres y llevarnos un premio milmillonario. Lo que falta es esperar a que estalle la bomba.

Empecé a darme por vencido. Perder tanto empleo tendría consecuencias peores a las de Trump y de Brexit, dos fenómenos muy vinculados a la pérdida de trabajos manufactureros gracias a China y las primeras fábricas robot. Empecé a leer sobre Renta Básica Universal, sobre la psicología de los parados. Cualquier cosa para desarticular la bomba y evitar sus daños colaterales.

Hasta que una tarde infernal en un pueblo perdido de la Sierra de Gredos se me pasó en un sorbo de cerveza. Vino en dos golpes: al ver dónde se hizo y cuánto costaba. Era del pueblo y se vendía el doble de caro que la Mahou. Había aquí, también, mercado para el hipsterismo más global de todos.

Luego me puse a pensar en la verdadera revolución que nos rodea. En la que importa y permanece. Todas las ciudades del mundo tienen ahora un puesto de Poké y como cien fábricas de cerveza. Brunchs llenos de frutas raras y caras. Si siguen abiertos es porque son rentables. Y si son rentables es porque no nos importa pagar por su ineficiencia.

Ahí estaba el error. En pensar que la eficiencia sigue siendo el non plus ultra de la economía y el consumidor. Que el hombre no puede competir contra la máquina por su flaqueza de productividad. Pero el boom de la cerveza artesanal nos demuestra lo contrario: ya nos da igual qué tanto más baratas pueden llegar a ser las cosas. Hemos llegado en masa a nuestro límite natural.

Ya somos tan eficientes en tanto que preferimos, de hecho, lo que no lo es. Entre poder comprar veinte Mahous a diez euros, preferimos comprarnos seis IPAs por el mismo precio. Igual les pasa a los tomates y los bares de copas.

Los catastrofistas de la Revolución 4.0 cometieron el mismo error neoclásico de los malos economistas: pensar que las primeras máquinas somos nosotros. Los homus economicus, esa raza extinta de la que aún no se encuentran fósiles.

La premisa metodológica de Frey y Osborne es que todo trabajo hecho de una mayoría de tareas automatizables se perdería. Su error no fue el cálculo sino la conjetura. El pensar que todo lo automatizable sería automatizado. Que todo lo más barato y productivo sería comprado.

Como tras toda buena epifanía, al regresar a Madrid empecé a ver las cosas en una nueva luz. Resulta que ya tenemos miles de empleos que, bajo la premisa catastrofista, no deberían existir. Ya no hacen falta músicos en vivo: Spotify ha automatizado todas sus funciones. Ya no hacen falta bartenders. Tampoco comediantes.

Pero los seguimos queriendo tener. Preferimos no ahorrarnos los reales. Seguimos buscando las cosas humanas como nosotros. Las cosas absurdamente valiosas e ineficientemente humanas como nosotros.

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