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Las dos naciones

Foto: ALBERT GEA | Reuters

La propaganda más efectiva se asienta sobre un relato simple, a menudo de carácter maniqueo. Sería el caso, por ejemplo, del mito de las dos Españas, que recorre el debate nacional desde hace casi dos siglos. Las dos Españas: la buena y la mala, la progresista y la conservadora, la democrática y la autoritaria, la moderna y la arcaica, la natural y la artificial, la federal y la centralista. Por supuesto que no se trata de una particularidad española, como subrayó de modo certero el profesor Vicente Cacho en su lectura de Ortega y Gasset: «La imagen de las “dos naciones” se había convertido, hacia la década de los 70 del siglo XIX, en un lugar común del lenguaje culto europeo para referirse a cualquier clase de seccionalismo –económico o político, mental o geográfico– que pudiera detectarse en el seno de los países más avanzados del Viejo Continente.» Y, en efecto, ilustra Cacho, Disraeli escribió sobre la existencia de dos naciones que se ignoraban mutuamente en Inglaterra. Asimismo se hablaba de una Italia “legal” –administrativa, se entiende– frente a otra “real”. Y en Francia se podía distinguir un país revolucionario frente a otro que se mantenía apegado a la tradición.

No nos hemos alejado en exceso de ese relato romántico, que resulta útil para exacerbar las pequeñas diferencias y movilizar a las masas, pero no para cohesionar una sociedad, ni para modernizarla o dotarla de músculo moral, ni tampoco para ensanchar su campo de libertades, derechos y deberes. Las dos Españas son un mito magnífico para los que pescan en las aguas revueltas de las identidades enfrentadas o para la guerra cultural que promueven los agitadores de masas, por no hablar del combustible que supone para avivar las brasas del resentimiento. Desconfiar de las caricaturas del romanticismo político es una medida de higiene más que necesaria cuando –como una yegua que regresa del pasado– quieren enfrentarnos unos a otros en nombre de una visión plebiscitaria de la democracia.

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