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Las exigencias de la patria

Algo bueno de ser español, no lo mejor pero sí algo rotundamente positivo, es el pertenecer a una patria poco exigente. Cuando tenía 16 años me llamaron a filas. Acudí al cuartel acompañado de dos amigos. Una señora nos recibió, nos miró  y apuntó en un papel lo que creía que medíamos y lo que creía que pesábamos. No acertó en ninguna de sus mediciones. Ni siquiera se acercó. Nosotros acudíamos con vocación sumisa y le sugerimos que, ya que habíamos ido hasta allí, quizás sería conveniente que nos subiera a la báscula. El interés que la patria tenía en nosotros no daba para tanto. Nos despedimos con cordialidad. Hasta ahí llegó la patria conmigo. No volví a tener noticias de ella. Ni de la patria, ni de la señora. Para colmo unos años después me fui a vivir a Madrid, que actúa como el perfecto disolvente de la identidad.

El Estado sí reclama algo de mí cada día pero se ahorra el romanticismo. No hay apelaciones a la raza, ni la evocación de una ciudadela sitiada por los bárbaros. Todo lo más es una sanidad en peligro, la igualdad, la paga de los ancianos y vagas referencias a la solidaridad. Abstracciones definitivamente más civilizatorias que cualquier soflama patriótica.

Lo curioso es que una parte de lo que el Estado me reclama está destinado a sufragar la construcción de patrias más exigentes que la mía. Patrias fundadas en la exclusión, que combinan la agresividad con el victimismo –casi en igual medida- y cuyo alumbramiento exige el sacrificio de la ley, el Estado de derecho y la convivencia.

Es una realidad con la que no disfruto. Sin más. Esto significa ser un ciudadano, conocer tus límites casi tan bien como tus derechos. Pero conviene levantar acta de ello porque se avecinan días de una enorme frustración y se nos va a recetar una terapia de mentiras.

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