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Las lágrimas de la belleza

Foto: CHARLES PLATIAU | Reuters

La belleza surge de una lágrima que se disuelve en otra ajena. Aparece en el relato de Esaú, el hijo primogénito de Isaac, al que su hermano Jacob engañó en dos ocasiones. Es la historia perturbadora del hermano mayor a quien el padre le niega la bendición. «¿Es que tu bendición es única, padre mío? –leemos en el Génesis– ¡Bendíceme también a mí, padre mío! Isaac guardó silencio y Esaú alzó la voz y rompió a llorar». El llanto del hijo rechazado por su padre –y sobre el que pesa, según las Escrituras, el odio de Dios– plantea un dilema moral que involucra además la cuestión de la belleza: una belleza que nos apela e interroga, nos sondea y descubre. En su fundamental Tratado de las lágrimas, Catherine Chalier persigue este hilo argumental apelando a la autoridad de la tradición talmúdica. Lo hace en el marco estricto de la ética, pero su campo de resonancia es mayor: el padre aborrece a Esaú –sugiere la autora– porque en sus lágrimas percibe un sufrimiento encerrado en sí mismo, egoísta, ajeno al dolor de los demás. Son lágrimas que nublan la mirada y ocultan la realidad. Son lágrimas que convierten en imposible el esplendor de la belleza.

Se diría entonces que la mirada propia de la creación artística nace de una fragilidad –la humana– que aspira a un sentido de la trascendencia situado más allá del estrecho ámbito de la individualidad. No es autorreferencial ni  autocompasiva, aunque se alimente de la sombra porosa de la memoria y de las teselas rotas de un paraíso perdido. La belleza responde a una inspiración y, por tanto, a una experiencia de la alteridad que nos reclama un tributo en forma de obediencia. Como nos enseñan las lágrimas de Esaú, nadie descansa en el centro de su propia verdad sino que es deudor de un misterio que el arte celebra. Si para Bernanos «el mundo es el dominio de la gente que no está hecha para la felicidad», la belleza nos recuerda que el mal, el resentimiento, la angustia o el  horror no tienen la última palabra. De este modo, el gran arte constituye la expresión de una realidad que ha conseguido permanecer intacta entre las ruinas, preservada de la miseria humana.

Las lágrimas de la belleza nos invitan a redescubrir la intensidad trágica de la existencia, pero también el sustrato último de la vida. Las flores desnudas y el canto de los pájaros son hermosos. La dicha de la paternidad y el gozo inocente de la infancia son hermosos. Bach y Mozart, Cervantes y Shakespeare son hermosos. «Para Velázquez –observa Ramón Gaya– la realidad, el cuerpo de la realidad, es algo imprescindible, pero también sin mucha importancia: lo decisivo está dentro, transparentándose. Velázquez pinta esa transparencia, de ahí que la realidad que termina por presentarnos –tan veraz– no sea propiamente realista, corpórea, pesada, abultada, sino imprecisa, indecisa, insegura, casi precaria». Una realidad y una belleza que se ofrecen moldeadas por unas lágrimas que no son las de Esaú, sino las de la humanidad entera.

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