The objective

El Subjetivo

Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Las manos del presidente

"Si el señor Junqueras no tiene de qué preocuparse, la democracia española va a tener muchos motivos de preocupación"

Foto: J.J.Guillen | EFE

Hace casi un año, en una de las primeras operaciones de marketing para difundir las bondades del presidente Sánchez, su equipo de publicistas difundió una foto de sus manos: “La determinación”, le llamaron. Hubo cuchufletas de todos los colores. Mal. Grave error. Casi un año después, este martes en el Congreso, vimos hasta qué punto tenían razón los publicistas de Sánchez poniendo el foco en sus manos para que entendiéramos su determinación.

Tres gestos de las manos de Sánchez, henchidas de determinación, lo resumen todo.

La primera, nada más llegar a su escaño de presidente del Gobierno en funciones. Los de Vox habían madrugado a su grupo parlamentario los escaños que, desde siempre, corresponden a los diputados socialistas. (Se los madrugaron en sentido estricto). No pasa nada. Antes de sentarse, la mano del presidente Sánchez se lanzó determinada a ser estrechada por la más tímida mano del diputado Abascal.

¡Se deben tanto! ¿Qué habría sido de la determinación del presidente Sánchez si no hubiera podido enarbolar el fantasma de “¡que vienen los fachas!”, gracias a Vox? ¿Y qué sería del diputado Abascal si no les hubiera dado carta de naturaleza tanta –tantísima– propaganda voxiferante por parte de unos y de otros?

Ese primer gesto de determinación de las manos del presidente quedó opacado por los otros dos, en los que él no fue el determinado sino el determinante, y que tuvieron como coprotagonista al diputado-aún-no-suspendido Oriol Junqueras. Fue Junqueras quien, en dos ocasiones por falta de una, se acercó al escaño del señor presidente para estrecharle la mano e intercambiar algún mensaje.

Pese al tumulto y al jaleo, o quizá en parte gracias al tumulto y al jaleo, contamos con algún fragmento de la textualidad del intercambio de mensajes mientras estrechaban sus determinadas manos: “¿Qué tal estás?”; “Tenemos que hablar”… y el ya célebre: “No te preocupes”… ¿¡No te preocupes!?, musita, tranquilizador, el muy determinado señor presidente. Fenomenal, oiga, pues si el señor Junqueras no tiene de qué preocuparse, la democracia española va a tener muchos motivos de preocupación.

Poco después, con la tranquilidad que da saber que el presidente del Gobierno del Estado opresor español te ha dicho que no te preocupes, don Oriol leyó un papelito para decir: “Desde el compromiso republicano, como preso político y por imperativo legal, sí prometo”. La recién elegida presidenta del Congreso interpretó que sí, que sin duda lo que Don Oriol estaba haciendo era prometer lealtad a la Constitución española, que ni es republicana ni puede aceptar la mera posibilidad de que alguien sea preso político, es decir, que alguien pueda estar encarcelado por sus ideas.

Da igual. Doña Meritxel interpretó que la referencia republicana y de preso político solo era parte de una coda creativa. Claro que sí, la coda de Don Oriol y de muchísimos más… demasiados más. Porque lo importante, lo determinante, es que nadie se preocupe. No pasa nada. Lo único relevante en la XIII Legislatura que ha empezado esta semana es la determinación de las manos del señor presidente en sus juegos malabares: ¿dónde está la bolita?

Más de este autor

The winner takes it all

"Solo hay un entusiasta de la falaz disyuntiva de Sánchez. Se llama Gabriel Rufián y ahora no exhibe los gadgets que le hicieron famoso como provocador"

Se llamaba Cosme

¿Lo pillas, Arnaldo? Somos muchos los que nos acordamos de lo que hicisteis y, porque nos acordamos, te entendimos en tu siniestra entrevista cuando dijiste aquello de que ya no os hace falta hacer lo que hacíais para conseguir vuestros objetivos políticos. Nos acordamos, por ejemplo, de que la primera madrugada de aquel mes de julio arrancó con un hombre que se llamaba Cosme atado a un árbol.

Más en El Subjetivo

Andrea Camilleri: adiós a todo eso

Ahora sé que aún quedan cuatro libros de su serie por publicarse en castellano, incluido el último, que escribió cuando se dio cuenta de que, quizá, pero sólo quizá, algún día todo aquello terminaría para siempre. Pero vivió hasta el último día como si eso fuese una posibilidad remota.