Gemma Bargues

Las mujeres doradas de la India

No puedo dejar de mirar esta imagen. Me atrapa y no sé qué es, si lo que se ve o lo que no se ve. Rojos, dorados, henna, joyas, India y una mirada en busca de refugio, huida o venganza, quién sabe, quizás todo.

Opinión

Las mujeres doradas de la India
Gemma Bargues

Gemma Bargues

Periodista. Responsable de Proyectos en Connect-U. Imposible vivir sin pedalear.

No puedo dejar de mirar esta imagen. Me atrapa y no sé qué es, si lo que se ve o lo que no se ve. Rojos, dorados, henna, joyas, India y una mirada en busca de refugio, huida o venganza, quién sabe, quizás todo.

No puedo dejar de mirar esta imagen. Me atrapa y no sé qué es, si lo que se ve o lo que no se ve. Rojos, dorados, henna, joyas, India y una mirada en busca de refugio, huida o venganza, quién sabe, quizás todo. Y mientras la observo, me muero de envidia por ese fotógrafo que se plantó ante ella y pudo saber qué hay detrás de todo ese engalanamiento lleno de color, de dónde le viene esa mirada y a quién se la dedica; de acribillarle a preguntas hasta entender la verdad sobre cómo es ser mujer en un país como India.

Querría mimetizarme con ella, ir mucho más allá de la empatía o comprensión. Preguntarle: “¿cómo es posible que una mujer sea secuestrada y violada por cinco hombres y, además, sea obligada a soportar una piedra de 40 kilos sobre su cabeza para ‘purificarse’?” Le diría que en España, cuando un hombre golpea a una mujer, existe una tal ‘justicia’ que aplica leyes para protegerla, porque ninguna mujer merece ser maltratada. ¿Estaría ella de acuerdo con esto último? Aunque le diría que siguen existiendo centenares de casos silenciados, sin lucha ni defensa justa.

¿Qué pensará ella sobre el derecho de la mujer a denunciar si un hombre le pone la mano encima, mental o físicamente? Quizás la psicología femenina india es tan propia que no asume la existencia sin violaciones, sin mutilación genital, sin secuestros y sin piedras purificantes.

Y la ablación, también le preguntaría sobre esta práctica milenaria, porque me estremecen esas niñas deseosas de ser circuncidadas para, por fin, ser dignas de que un hombre las quiera y las desgarre en su noche de bodas. Eso es ser una mujer pura, ¿por qué? Cómo me gustaría que ella me lo explicara.

Dudo mucho que esta mujer cambiara mi postura de indignación, impotencia e intolerancia absoluta ante un país, una religión y una raza humana que acepta el mal contra el género femenino como modo de vida. ¿Realmente amará ella a su país?

Quizás es natural que haya culturas imposible de entenderse entre ellas. Quizás, una vez terminara esta soñada entrevista, ella me lanzaría esa misma mirada inquisidora de la imagen y me diría, con desdén, “tú qué sabrás, niñata”.

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