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Opiniones libres de algoritmos

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Las noticias duran dos días

Los “gurús” de la futurología aciertan un día sí y otro no, porque estamos en  la época del desperdicio informativo, en la que aparecen y desaparecen Rita Barberá o los refugiados sirios, después de haber sido fugaces titulares de emocionalidad. Extrapolar el desperdicio informativo dificulta aún más las previsiones de futuro. En 1991, Bengt Wahlström, experto sueco en  prospectiva empresarial, publicó “Europa 2002”. Era reciente la caída del muro de Berlín, las nuevas tecnologías irrumpían, ya se hablaba de globalización, pero Wahlström prácticamente no habla de China. A su entender, y así había sido, el peor riesgo para los Estados Unidos era la guerra comercial con Japón. En aquel momento las grandes empresas japonesas se habían volcado en los mercados mundiales. De vez en cuando, un grupo de legisladores norteamericanos aparecían ante las cámaras de televisión chafando un electrodoméstico nipón a golpes de martillo. La prescripción de futuras macro-tendencias estuvo en buenas manos con Alvin Toffler o John Naisbitt.

En sus inicios el Club de Roma se equivocaba en casi todo pero, a diferencia de aquellos tiempos, los futurólogos ahora recurren al “Big Data” y en las simulaciones virtuales los futuribles se desenvuelven y entrecruzan cálculo y visión. Es el reino inexpugnable del algoritmo.

Al llegar diciembre, el semanario “The Economist” publica un número extra sobre cómo será el año que está a punto de comenzar. Por ahora, “Time” ya se ha adelantado dando su célebre portada de personaje del año a Donald Trump. En casi todas las previsiones, aunque ya se sabe que en política mandan los imprevistos, la incógnita más destacada es Trump. ¿Hará lo que en campaña dijo que haría o irá dando una de cal y otra de arena? En conexión molecular con Trump están los nuevos populismos de Europa. Y “The Economist” dice que Putin encarna más el talante de lo más actual, mucho mejor que Obama. Para los futurólogos lo que pase mañana solo tiene importancia en la medida que acabe configurando una macro-tendencia.

Las noticias duran  dos días pero de algún modo sedimentan. Está ocurriendo con la preponderancia del emocionalismo en política. Quizás todo comenzó con la muerte de Lady Di. Hubo una erupción sentimental que obligó a la familia real británica –aconsejada por Tony Blair, un emocionalista astuto- a alterar las pautas de su comportamiento institucional. Ese ha sido un imprevisto de gran envergadura, pero estaba ahí. De forma equiparable, en 1991 el crecimiento económico chino había sido detectado pero el protagonista del Pacífico seguía siendo Japón. Vimos como China entraba en la ciudad libre de Hong Kong. Ahora la nueva guerra fría pudiera ser entre Japón y China. En la zona, el rearme es espectacular.

En la Europa desazonada por la inmigración y la crisis, Angela Merkel resiste y a la vez rectifica, sabia manera de resistir.

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