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Las nuevas Rock’n’Roll Stars

Foto: Francisco Seco | AP

Contaba Joe Strummer, mediante voz en off espectral, en la película que le dedicó el cineasta Julien Temple que The Clash se había propuesto no caer en los vicios y errores de los Beatles, Stones y Elvis. Nacieron para revolucionar el concepto de banda de Rock’n’Roll evitando los peligros y tentaciones del show business. Es decir: en sus inicios de conjunto furibundamente punk rock abjuraron de todo aquello que hasta entonces había definido a las estrellas de Rock’n’Roll. Desde el despegue fulgurante y estratosférico hasta la caída estrepitosa a manera de autodestrucción obesa, alucinada y doliente, de amistades rotas por egolatrías desbordadas o de almas deambulando sobre un escenario más aséptico y gélido que un quirófano.

Podría decirse que aquel puñado de chicos airados que se propusieron comerse el mundo a dentellas salvajes sirvieron de almuerzo crudo y a rodajas para la implacable realidad. Pocas bandas han cumplido a rajatabla todos los tópicos del Rock’n’Roll como The Clash. Sin asomo de duda fueron unos adánicos modélicos en chupa de cuero.

En la política patria también tenemos un caso indudable de candor adolescente o de cinismo prematuro, yo ya no sé. A falta de unos The Clash que ilustren a las nuevas generaciones sobre la imposibilidad de torcer la terca condición humana, Podemos ha decidido sacrificarse en el altar catódico con el fin de que todos tomen buena nota de que la nueva política es la más vieja de sus prácticas. Y, asimismo, se parece mucho al Rock’n’Roll. De hecho, en este imperio de la inmediatez, del eslogan lapidario y feroz, de la permanente campaña electoral en los estadios, el político no duda en mimetizarse en Rock’n’Roll Star. Así pues, Podemos, que llegó para asaltar cielos mitológicos, ha acabado descendiendo, con el vértigo frenético de una canción de The Clash, a los círculos infernales donde mora la sempiterna casta.

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