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Las rosas amarillas

Foto: LoboStudio Hamburg | Unsplash

Las rosas rojas, como endivias hechas de amapolas, están peleando contra las rosas amarillas, falsos tulipanes, sobre la alfombra de un dragón muerto, falso perro heráldico de la casa. Las rosas rojas dicen que son por la sangre del dragón. Hasta los monstruos, hasta la muerte, tienen hijos bellos, o al menos dejan un candelabro de sangre para el salón familiar. Un soldado romano mata un dragón en Capadocia, o eso nos cuentan, y resulta que aquí heredamos un libro atado con una delicada cinta de sangre, como el lazo de las medias de una virgen desvirgada. Pero la sangre tiene muchos vinos, las rosas tienen muchos colores, el libro se vende más como caja de música cerrada y como bombonera de bombones de cartón que como arte o pensamiento, y lo de San Jorge y el dragón jardinero y bibliotecario es una patraña.

Las rosas rojas, como dedos gordos de un santo sangrante, están peleando contra las rosas amarillas, helados de sol de flor. Pelean quizá como San Jorge y el dragón, o como Don Quijote y el caballero de la Blanca Luna, por ser más libresco. Porque Don Quijote fue derrotado en la playa de la Barceloneta, cayó allí como una de sus esculturas de arena, con un costado extendido en orilla. En Barcelona pega más Don Quijote que Colón, al que tienen muy alto, poniéndose el gran anillo de la ciudad. Nos ha quedado el Don Quijote quesero, con sus molinos de mesón, pero fue Barcelona la que vio la última derrota del hidalgo ante un falso caballero que solo era bachiller. La derrota de la imaginación y del idealismo y de la nobleza ante un chupatintas, eso debería ser el símbolo de España. Y está justo en Barcelona, enterrado en la arena, como un medallón perdido, sin que nadie lo recuerde. Pero Barcelona, Cataluña, mientras ignora a su Quijote de guijarro y concha, como un lagarto de Gaudí despreciado, está vendiendo y comprando flores que compran o venden libros que compran o venden sangre que compran o venden gente.

Las rosas amarillas han enfermado a partir de las rojas, igual que los libros de ahora han enfermado a partir del arte, o la política ha enfermado a partir de la filosofía. Como no podemos cruzar palabras, porque no nos entendemos con ellas, cruzamos símbolos, un santo contra un dragón, un caballero calizo contra un caballero nocturno, o media España contra media España, cada una con su falla y su naipe, que eso es lo que parece esta guerra de rosas, la enredadera de un naipe español. Aquí santificamos los símbolos sin pensar qué simbolizan, a qué remiten. Los mismos símbolos nos ciegan, y resulta que ahora se redicen o se quejan o se sonríen de que el amarillo sólo es amarillo, un color, qué importancia, qué culpa tiene un color, cómo va a ser perverso un color.

De repente estamos hablando de colores, en vez de hablar de verdad, de democracia, de ley, y de sus contrarios. Pero una cruz en un aula no es madera, ni la luz en el altar es cera ardiendo, ni una bandera en un mástil es un trapo de cocina, ni un aspa en un brazo es un dibujo. Y una rosa o una bufanda pueden ser un hacha o un látigo, si se hiere y se odia y se amenaza y se asfixia con ellos. Pueden ser más que un tanque, si nos aplastan desde las multitudes de la calle y desde el poder institucional alienado por una ideología. Deberíamos saber esto, al menos, cuando los veamos venir, antes de tomarlos por simples e inocentes cosas, por adorno o equipaje. De la rosa primigenia sólo nos queda el nombre, recuerden lo de Umberto Eco. Pero el nombre nos sigue sirviendo.

En las rosas están los perfumes que ya están en la piel y los lacrimatorios que ya están en el corazón. Las rosas amarillas han supurado de las rosas rojas, como la raza ha supurado de la humanidad, como el pueblo ha supurado del ciudadano, como la tiranía ha supurado de la ley, como la demagogia ha supurado de la democracia, como la locura ha supurado de la libertad. Y en esta locura, leen la rosa, huelen el libro, matan al santo y rezan al dragón.

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