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Las terrazas de Hispanibundia

Foto: Mstyslav Chernov | AP

Hispanibundia es el delicioso retrato de familia que Mauricio Wiesenthal ha hecho de la mentalidad española desde los albores de los tiempos. Hay en él una parte que me cautiva especialmente: cuando cuenta el origen de las plazas mayores que con prontitud se trasladaron a la planta de las ciudades coloniales. Las plazas mayores provienen de la apertura de los antiguos patios de las casas castellanas a la calle, construcciones singulares que provenían del domus y de la villa romana. Debemos a los romanos esa propensión arquitectónica que favorece las relaciones humanas de tertulia y amistad.

Supongo que la tendencia española de celebrar la vida en la calle también es una de las singularidades de hispanibundia. Nuestro carácter, poco dado al punto medio, ha hecho que en los últimos años nos hayamos empeñado en sacar nuestro salón de estar a la plaza pública. El resultado es un país lleno de terrazas en las que los conciudadanos matan el tiempo conversando, bebiendo cañas y comiendo tapas, uno de los inventos culinarios más mortíferos de la historia reciente. La proliferación ha llegado a tal punto, que ya es posible ver a camareros con una bandeja en los pasos de cebra o semáforos esperando para transportar las consumiciones de clientes que esperan desparramados en un sofá. A los riesgos laborales se suma el esperpento social.

Por economía jurídica, no diré que existe algo parecido al “derecho a la ciudad”. Sin embargo, soy de los que disfruta paseando por las ciudades, actividad que en los últimos tiempos se ha convertido en una carrera de obstáculos. Me decía hace poco un entrañable político socialista y sevillano, que dentro de poco terminaremos pidiendo “corredores humanitarios” para transitar por plazas y calles españolas. No le faltaba razón. Por ello, antes de que el asunto se nos vaya de las manos y en atención a mi condición natural de aguafiestas, me veo en la obligación de implorar un cierto equilibrio entre las exigencias de la industria de la restauración y una racionalidad urbanística que permita disfrutar a todos por igual del rito sureño de matar el tiempo fuera del hogar.

O dicho de otra manera: que un comportamiento hasta cierto punto comprensible, no se termine convirtiendo en un problema de orden público, tradición bastante funesta provocada por las habituales fiebres de la hispanibundia.

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