Antonio Orejudo

Las trampas del ojo

Parecen dos personas asomadas a una ventana en una ciudad de Afganistán, pero en realidad son los visitantes de una exposición retrospectiva de Steve McCurry que se exhibe en la Kunsthalle Erfurt.

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Las trampas del ojo

Parecen dos personas asomadas a una ventana en una ciudad de Afganistán, pero en realidad son los visitantes de una exposición retrospectiva de Steve McCurry que se exhibe en la Kunsthalle Erfurt.

Parecen dos personas asomadas a una ventana en una ciudad de Afganistán, pero en realidad son los visitantes de una exposición retrospectiva de Steve McCurry que se exhibe en la Kunsthalle Erfurt. Nuestros ojos nos engañan. Unas veces son ellos los que nos tienden trampas y otras veces las trampas nos las tienden otros: trompe-l’œil, dicen los franceses. Trampantojo, decimos nosotros.

El domingo pasado se emitió en La Sexta un falso documental del periodista Jordi Évole sobre el 23-F, en el que se mantenía que todo lo que sucedió aquella tarde en el Parlamento fue un montaje teatral destinado a conjurar el peligro que corría entonces la joven democracia española y a exaltar la figura del rey.

A muchas personas les ha enfurecido este ‘fake’. Les ha indignado la traición a un pacto según el cual los periodistas como Évole siempre muestran la verdad. A partir de ahora —han decretado los más compresivos—, Évole debe elegir entre el periodismo y el show-business. Los más rencorosos en cambio han decidido que nunca más confiarán en él.

¡Qué mundo tan sencillo y a la vez tan trascendente el de estos severos jueces! Hablan como si el periodismo fuera un sacerdocio consagrado a La Verdad. Y como si La Verdad pudiera fácilmente señalarse con el dedo y no estuviera siempre contaminada de mentiras. Y como si ‘ver’ y ‘contar’ —las dos funciones básicas del periodismo— no fueran en sí mismas dos lentes que deforman siempre esa cosa que llamamos ‘realidad’.

Quizás por eso ‘The Objective’ ha renunciado a ‘contar’ y sólo muestra lo que el periodista ve a través de su objetivo. Se elimina así la deformación que ejerce el relato. Pero ni siquiera en este caso estamos a salvo, como muestra esta fotografía. Entre la verdad y nosotros siempre estará la lente deformante del objetivo, la selección del encuadre y lo menos fiable de todo: nuestros propios ojos, esos órganos engañados o tramposos.

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