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Lazos

Foto: Manu Fernandez | AP

Hoy jueves se ha cumplido el plazo de 48 horas que la Junta Electoral Central dio el lunes al Gobierno de la Generalitat de Cataluña para retirar los lazos amarillos y las esteladas de todos los edificios públicos de Cataluña porque son “símbolos partidistas”. Dólares contra galletas a que, concluido el plazo, no habrán retirado ni uno. Es una apuesta fácil. Ni una estelada ni un lazo. Y no pasa nada. ¿Qué podía pasar? Que la portavoz Elsa Artadi se haya atrevido a compararse con Anna Frank mientras amenazaba con una “respuesta combativa”… una muestra más de las contorsiones del victimismo matón. Se nos ha olvidado, pero nada más estrenarse en el Gobierno, el pasado verano, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, reclamó a su homólogo en la Generalitat que recuperara la “neutralidad” del espacio público. Nadie ha hecho nada, ¿verdad? No, todo en orden.

De momento, la única respuesta prevista es la convocatoria, no en Cataluña sino en Madrid, de una manifestación este fin de semana a favor del independentismo. La plana mayor del separatismo, encabezada por Quim Torra y sus consejeros, con la insuperable compañía de Roger Torrent (que es presidente del Parlament) y del molt honorable Artur Mas, parece que viajarán en el AVE español, llegarán a la madrileña estación de Atocha y marcharán unidos hasta Cibeles. Un paseíto. Los convocantes animan a unir banderas republicanas a sus esteladas y a sus lazos, y ofrecen autobuses gratis hasta en Andalucía para sumarse a una exhibición que, ¡cómo no!, pretenden comparar con la que se reunió en la Plaza de Colón contra las negociaciones secretas de Sánchez y Torra que arrancaron en Pedralbes y que, al hacerse públicas, aceleraron el adelanto de la convocatoria electoral al 28 de abril.

Desde el punto de vista del independentismo se trata de que no haya dudas cuando, en realidad, no debería haber duda alguna. La Junta Electoral puede irse con sus exigencias de retirada de esteladas y lazos donde buenamente pueda, porque las únicas exigencias que hoy aquí se exigen de forma efectivamente exigente son las que exige el separatismo. ¿Algún problema? No, todo en orden.

Son exigencias al Gobierno Sanchenstein que tenemos hoy y que, según demasiadas encuestas, podríamos seguir teniendo después del 28-A. Su destinatario principal es su presidente, Pedro Sánchez, un líder que ha conseguido, en solo nueve meses, frenar la recuperación económica y lograr que la creación de empleo se transforme en destrucción de puestos de trabajo. Un genio. Por si alguien tiene dificultades de comprensión debido al ruido de la campaña electoral: las 21 exigencias de Pedralbes siguen en pie y se pasarán al cobro -con más o menos discreción en función del resultado del duelo entre Junqueras y Puigdemont- para cualquier eventual reedición del Sanchestein que el PSOE de Sánchez confía en revitalizar si las encuestas se traducen en votos el 28-A. En realidad, la única diferencia previsible es la de la discreción: Puigdemont busca multiplicar el jaleo, Junqueras bastante tiene con su horizonte penal. Lo demás es lo de menos.

¿Alguien tiene alguna duda? No, todo en orden.

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