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Legisladores lapidarios

A las niñas chinas les rompían los deditos y les vendaban sus extremidades inferiores en un aullido de dolor. El objetivo era lograr pies diminutos, más atractivos para el futuro esposo, inútiles para echar a correr. Era la versión asiática de “la mujer en casa y con la pata quebrada”. La tortura duró mil años, hasta su prohibición por ley en 1949. Mao cambió el refrán: “el hombre es el cielo de la mujer”, por: “la mujer es la mitad del cielo” y se dinamitaron tradiciones.

“La he lapidado de acuerdo a la tradición del mensajero de Dios”. Esto no lo dice el Corán, pero lo decía Umar, segundo califa del Islam y suegro de Mahoma. Umar convirtió la lapidación en ley entusiasta allá por el seiscientos y pico, y ahí sigue su legado en el 2017, como un fósil que mata, porque es tradición.

También es tradición educar a cachetazos. Debe de ser que como es muy socorrido pegar, el castigo físico no le resulta repugnante al 90% de los legisladores del mundo. “La letra con sangre, entra”, “quien bien te quiere, te hará llorar” y demás lindezas. Los golpes para educar solo están prohibidos por ley en un puñado de naciones entre las que, por suerte, se encuentra España.

Hubo un tiempo valiente, de luces y pensamiento, en el que las tradiciones eran atrasos. Polonia fue el primer país del mundo en legislar contra el castigo corporal en los colegios gracias a la influencia de John Locke sobre los juristas de la época. Su eco de modernidad resuena en uno de los artículos de la actual constitución polaca, que prohíbe explícitamente los golpes y el castigo físico.

Pero a la vista de cómo anda el patio en la Duma, parece que no hemos aprendido gran cosa desde 1783. Más de doscientos años después de la revolución de las ideas, el legislador se olvida de mirar al futuro, excusando leyes retrógradas contra los más débiles en la tradición del bofetón.

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