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Leonorismo

Queda descartado, con nuestros republicanos realmente existentes, pensar en una república ahora para España. Pero cuánto nos hubiéramos ahorrado con una república. Sandrine Morel dio una clave en La Térmica: a ojos extranjeros, el encanto de los independentistas catalanes está en que enarbolan la “república”, lo que los emparenta con los republicanos de la guerra civil; asimilando por contraposición a nuestra monarquía con el franquismo. Todo aquel asombro internacional con la transición democrática española parece haberse desprendido, como carne endeble, y queda el hueso anterior: la República y Franco. Y a España le toca ser Franco (¡Francoland!) si los independentistas son la República. ¿Cómo deshacer este endiablado engendro? Si hasta muchos españoles –muchos ‘cotarelos’– lo promocionan…

Cansa repetir otra vez que nuestra monarquía parlamentaria representa más los valores republicanos que los independentistas y los ‘cotarelos’, quienes en esencia están más próximos a Franco, en tanto que nacionalistas y antiliberales; o que el discurso del rey fue democráticamente impecable contra (¡sí!) los golpistas. Pero a este cansancio se le une el de la poca ejemplaridad del emérito, que nos recuerda que la monarquía, aunque sea parlamentaria, se la juega con cada heredero, con cada monarca y exmonarca… Entre una cosa y la otra, los republicanos que aceptamos sin problema la monarquía estamos bastante cansados. Bregando con unos y con otros, sin descanso.

Pero hoy he querido echarme, al menos mentalmente. Y pienso en una república ya para España. Una república que fuese no el régimen sectario que pretenden algunos, sino una democracia para todos: como la monarquía que tenemos. Sería bonito, después de todo, dejarlo aquí: con Leonor a las puertas. Una reina rubia incumplida, perfecta ya para siempre; con un reinado sin errores, porque nunca ocurrió. Surgiría entonces, seguramente, un anhelo de felicidad no vivida, de felicidad posible, siempre futura; una posibilidad infinita, jamás manchada por las contingencias de su realización. Tendríamos un leonorismo como los portugueses tienen su sebastianismo.

Sería, sí, la jugada perfecta. Ojalá viniese esa república ya. Por ella misma –por su política concreta, por su prosaísmo civil, racionalista– y por la emanación luminosa del leonorismo, que sería una especie de manto que la protegiera. Las ventajas serían incalculables, tanto en el orden de la realidad como en el de la fantasía, y cada cual tendría donde acogerse (los más esteticistas, jugando a súbditos de la reina imposible). Pero por encimísima de todo, gozaríamos del bendito silencio: el fin (¡por fin!) de la turra de nuestros “republicanos”.

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