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"Let it be fear"

"En nuestro reino se habla mucho de la normalidad democrática. Al hacerlo, se corre el riesgo de juzgar la democracia a la luz de la normalidad en lugar de lo contrario"

Foto: HBO |

En nuestro reino se habla mucho de la normalidad democrática. Al hacerlo, se corre el riesgo de juzgar la democracia a la luz de la normalidad en lugar de lo contrario, que es lo que se esperaría de un auténtico demócrata. Y así es normal que no nos extrañe que en condiciones de distinta normalidad pueda uno desdeñar la democracia como lo hacen los últimos tronistas del juego; con una sonora carcajada.

Así lo hacen cuando al bueno de Sam se le ocurre proponerles que dejen la decisión sobre el gobierno de los Siete Reinos, huérfanos de rey y de trono, en manos de la gente. Se ríen entonces como no habían reído nunca porque el demócrata es querido pero no temido. Sam es un personaje bonachón, regordete y patoso que sabe bien y desde niño que no ha nacido para mandar ni pelear.

A pesar de eso, o justo por eso, Sam es el único que encuentra un amor sólido, duradero y con la dosis justa de tragedia. Y cuando todo ha sido destruido (hombres, linajes, ciudades y reinos), cuando ya no queda nada y hay que empezar de cero y a todos les toca reinventarse para el nuevo mundo, él es el único que tiene todavía un hogar y una familia y hasta un modo de vida al que volver.

Sam es el cobarde gallina que mató a un caminante blanco cuando los demás no sabían ni que existían y que enterrado entre viejos y polvorientos libros encontró el arma que salvó a la humanidad. Se diría que cuando se ríen de él no saben de qué se ríen. Pero con su risa lo salvan del olvido. Y por Sam entendemos mejor la lucha entre el amor y el deber o el sexo y el tiranicido. Y por Sam entendemos mejor la locura de Daenerys. Porque Sam descubrió al legítimo heredero, pero también porque la de Daenerys es una locura lúcida, que no se explica tanto por la sangre de la familia como por el fuego de la ideología. Mientras Sam quiere que le respeten o le dejen en paz y por eso salva y se salva, Daenerys aspira a ser amada como la liberadora de la humanidad y por eso condena y se condena. No hay contradicción en Sam y no hay contradicción en Daenerys como no la hay en las tiranías totalitarias entre esta noble aspiración y sus consecuencias. Porque quien dice humanidad quiere engañar. Y a nadie tanto como a sí mismo. Quien dice humanidad excluye la posibilidad de la discrepancia, la disidencia o la oposición legítimas. Por eso las guerras que se libran en nombre o en defensa de la humanidad son las más terribles de todas. Y por eso quien aspira a ser amada como liberadora de la humanidad aspira a un amor que nadie le podrá dar nunca. La humanidad misma se vuelve a sus ojos y a impresionante velocidad como un atajo de gentecillas enormemente desagradecidas y ante tanta estupidez y ante tanta y tan incomprensible obstinación en la maldad, la miseria y la servidumbre, la locura casi parece la opción más lúcida. Por eso la locura y la tiranía no son una lamentable excepción sino el más lógico final del libertador todopoderoso. Y habría que ser un ser absolutamente excepcional, qué sé yo, un dragón politólogo y republicano, para escapar a tan previsible destino.

Daenerys se vuelve loca, pero loca de amor. Por amor a la humanidad y por no ser correspondida le es ya imposible ser temida sin ser odiada. Si no puede ser amor, que sea miedo. «Let it be fear». Y por eso tenía que morir por amor, para que no olvidemos que este y no otro es el problema. Que el auténtico peligro y el verdadero problema viene siempre del amor y la bondad y nunca del odio o el mal. Por eso no la podía matar Arya. Los códigos de Arya son los códigos de la enemiga normal de una dictadorzuela normal. Tan normal como la muerte. Pero frente a la loca tiranía totalitaria, la franca enemistad entre hombres se vuelve imposible. Arya lleva toda la vida entrenando para sobrevivir y para matar y esa vida que es la suya culmina cuando logra matar a los muertos para que la humanidad sobreviva. Es ley de vida que tras un logro como este nuestras limitaciones no tarden en manifestarse y es muy poco después de salvar a la humanidad cuando Arya condena a morir quemadas a una madre y su hija a las que quería salvar. Tras su gran logro y su gran fracaso, en esta última y completa Arya se hace evidente la sospecha de que es más fácil salvar a la humanidad que salvar a los hombres. Y esta sospecha, que nunca fue ni pudo ser la de Daenerys, es lo que condena a la una y salva a la otra.

Sam fracasa mejor porque nunca aspiró a tanto. Porque los hombres modestos fracasan moderadamente. Por eso es el demócrata y por eso, aunque se rían de él, sabemos que no tiene nada de ingenuo o insensato confiar más en el pueblo que en quienes aspiran todavía a un trono que ya ni siquiera existe. Ingenuo sería creer que por haber derretido el trono se ha roto ya y para siempre esa terrible rueda, justo cuando más claro se ha hecho que la rueda no era el sistema sino la naturaleza. Ingenuo sería pensar que con un líder tullido se pueda forjar algo que sea del todo recto.

Es normal que a nosotros la sugerencia de Samwell Tarly no nos haga tanta gracia como a esos tronistas. Quizás por lo mucho que esa presunta ingenuidad democrática se parece a nuestra historia europea. Quizás por el miedo a que la democracia no sea ya más que la risible sirvienta de una nueva tecnocracia global, perfectamente representada en Bran the broken, pretendido rey filósofo y eternamente postrado a verlas pasar.

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