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Levantar a un muerto

Foto: Javier Lizon | EFE

Entre los poderes del Congreso de los Diputados está la facultad de levantar a un muerto. O, por ser más precisos, de pedirle al Gobierno que lo haga. El muerto, que es el general Francisco Franco, lleva 42 años de purgatorio en la vida política nacional. Es lo menos que le corresponde, después de haber ejercido como dictador durante 39 años. Pero la purga debe ser exclusivamente histórica. Franco basó su poder en su persona, por lo que políticamente está tan muerto como lo están sus restos.

Franco no pensó en el Valle de los Caídos para su cadáver; fueron Adolfo Suárez y el Rey Juan Carlos quienes le hicieron un acomodo junto a José Antonio Primo de Rivera. No me parece mal que el PSOE quiera cumplir con esta última voluntad de Franco. Pero ha perdido una ocasión de contribuir, con este póstumo gesto hacia el dictador, a que el Valle de los Caídos se convierta un verdadero monumento a la reconciliación. Y lo tenía fácil, pues está dedicado a todos los que cayeron en la Guerra Civil, los de un bando y los del otro.

La reconciliación, la unidad del país, su continuidad histórica, la asunción de que somos una sociedad plural pero que todos, todos, tenemos unas instituciones comunes y un común espacio de debate nacional, es un bien para el que el Partido Socialista no está preparado. De hecho, ningún partido como el PSOE ha hecho más para sembrar la discordia entre los españoles, y ahí están sus 138 años de historia para demostrarlo. Se estrenó en el Parlamento pidiendo el atentado personal contra el presidente del gobierno. Colaboró con la dictadura de Primo de Rivera. Se alzó contra la II República en 1934. Y tras la muerte de Franco hizo suya, con toda justicia, la palabra “ruptura”. Hoy recurre a la nigromancia política para ahondar en la división entre los españoles. Levanta a un muerto para que se alcen los vivos unos contra los otros.

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