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Levantar la mano contra uno mismo

“El mundo del hombre feliz es un mundo diferente al del (hombre) infeliz”, anotó Ludwig Wittgenstein en el Tractatus logico-philosophicus. Esta semana, una joven francesa de 19 años se arrojó a las vías del tren en París, al tiempo que grababa su suicidio en Periscope. Antes de morir habló de una violación y nombró a su presunto agresor. Sentía que había perdido la dignidad y que no podía seguir viviendo con esa herida. Su video es, en este sentido, un último grito de auxilio, una llamada que resuena en medio de un horror asfixiante.

Uno de los más grandes teóricos del suicidio, el filósofo austriaco Jean Améry, señaló en Levantar la mano sobre uno mismo que nada ni nadie puede juzgar este acto extremo que se dirige contra del instinto más primordial de supervivencia. El suicidio es tabú, precisamente porque resulta insondable. Y, por supuesto, Wittgenstein tenía razón: el mundo del hombre feliz es distinto al del hombre infeliz.

Al leer la noticia, pensé en ella –en su tragedia–, pero también en la historia de los pueblos. Hay naciones que deciden suicidarse por los motivos más variopintos, de forma reiterada a lo largo del tiempo, sin que nunca logremos entender del todo la causa de este empeño. Se puede hablar quizás de una obstinación que se dirige contra uno mismo, como la melodía del desastre que define nuestra identidad. Ésta, ya sea personal o colectiva, es en gran medida consecuencia del despliegue del propio pasado. Y la memoria, a menudo, no guarda sólo las horas o los momentos agradables. A veces sucede más bien lo contrario, de manera que el mundo del hombre infeliz sería el de la memoria desgraciada.

Otra ilustre suicida, la poetisa rusa Marina Tsvietáieva, anotó en sus cuadernos que la clave de la vida consiste en “el don de reconocer el sufrimiento de las cosas”. Nadie es inmune al dolor, por lo que saber enfrentarlo forma parte de la herencia necesaria de la humanidad. Wittgenstein tenía razón, pero ambos mundos se tocan entre sí, se encuentran y a veces chocan con violencia. El suicidio, el fracaso o la derrota nos recuerdan que también la debilidad –y no sólo los éxitos– nos configuran.

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