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Ley y democracia

Foto: PIERRE-PHILIPPE MARCOU | AFP

Si hacemos caso al historiador Vicente Cacho, el siglo XX español nació entre el inmovilismo secular de una sociedad muy anclada en el pasado y el empeño modernizador de dos proyectos distintos: el que representaba la ética de la ciencia –articulado en torno a la Institución Libre de Enseñanza – y el que implicaba la cultura moral catalanista, basada en un incipiente nacionalismo que hallaba su fermento tanto en la lengua propia como en el modelo que representaba París. Visto con la perspectiva que otorga el tiempo cabe acusar cierta ingenuidad en la mirada benevolente de Cacho hacia los nacionalismos, pero no puede negarse por completo la raíz modernizadora de algunos de sus empeños. De todos modos, si la pluralidad democrática exige un evidente rechazo hacia la lógica tribal de las identidades únicas para integrar la riqueza de la diferencia –cultural, lingüística y religiosa, en primer término-, también es cierto que una parte del nacionalismo europeo pronto se radicalizó, dejando de ser un movimiento cívico para convertirse en una fuerza de choque ideológico, con tintes mesiánicos y aspiraciones de monopolio social.

El fervor ideológico se lee en clave de victoria o de derrota; la democracia, en cambio, se lee en clave de inclusión o de exclusión. Son dos marcos distintos que responden a esferas intelectuales también diferentes. «La democracia –escribe la novelista Marilynne Robinson– es, en su esencia y genio, amor imaginativo hacia e identificación con una comunidad con la que, durante buena parte del tiempo y en muchos sentidos, uno puede estar en profundo desacuerdo». Para la mentalidad democrática –consciente de que la condición humana se caracteriza también por su falibilidad y que, por tanto, mira con escepticismo las idolatrías de la razón– la lectura divisiva de la realidad le resulta ajena e incluso hostil. El demócrata cuenta con que ha de luchar por sus convicciones –no hay vacíos de poder en la política–, pero también que no puede regodearse en la embriaguez de la victoria o en el ardor de la destrucción. El siglo XX, tan cercano, nos recuerda que la lógica revolucionaria del “cuanto peor, mejor” profundiza las heridas del enfrentamiento y fractura todos los valores que nos sostienen como demócratas.

Los griegos sabían que el valor de la Ley pasa por completar aquello que el hombre no tiene por naturaleza: cordura, respeto, humildad… Por tanto, no debe cederse fácilmente a las tentaciones de ruptura ni saludar con alegría la demolición de las estructuras sociales y políticas de un país, como ha sucedido durante los últimos meses en Cataluña. El vacío no es un mal menor, sino un solar yermo sin auténticos derechos. Y esto es algo que no debemos olvidar: recuperar la garantía de la ley es recuperar la democracia, precisamente porque solo la ley, las instituciones y la democracia representativa –de la mano las tres– pueden ayudarnos a construir un país mejor.

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