Teodoro León Gross

Libertad de presión

La libertad de expresión funciona como el comodín en las cartas. En caso de necesidad, sirve para todo. Ahora para justificar la sonrojante operación de los indepes malcriados para boicotear la manifestación por las víctimas de los atentados de Barcelona. Por supuesto se trata de una falacia al llevar la cuestión a algo que nadie cuestiona, porque nadie discute el derecho a expresarse, sino el uso indigno de ese derecho, espurio y ventajista, para instrumentalizar un sentimiento colectivo adulterando la ceremonia cívica en memoria de las víctimas. Para tapar sus miserias, la ‘familia política’ de los ceporros indepes se ha apresurado a blanquear el aquelarre poniendo el foco en la libertad de expresión: “La libertad de expresión por encima de todo” dijo Puigdemont, y así uno tras otro, hasta Colau e Iglesias.

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Libertad de presión
Foto: ALBERT GEA| Reuters
Teodoro León Gross

Teodoro León Gross

(Málaga, 1966). Periodista y Profesor Titular de Comunicación en la Universidad de Málaga. Licenciado en Filología Hispánica, doctor en Periodismo. Columnista de El Mundo, antes en Vocento, y comentarista de la Cadena SER. Director de la Cátedra Manuel Alcántara, secretario académico de la Cátedra Unesco de Comunicación UMA. Autor de libros como El artículo de opinión o El periodismo débil, y numerosos textos sobre periodismo de opinión y sistema de medios. También ha publicado ensayos sobre Historia y Naturaleza.

La libertad de expresión funciona como el comodín en las cartas. En caso de necesidad, sirve para todo. Ahora para justificar la sonrojante operación de los indepes malcriados para boicotear la manifestación por las víctimas de los atentados de Barcelona. Por supuesto se trata de una falacia al llevar la cuestión a algo que nadie cuestiona, porque nadie discute el derecho a expresarse, sino el uso indigno de ese derecho, espurio y ventajista, para instrumentalizar un sentimiento colectivo adulterando la ceremonia cívica en memoria de las víctimas. Para tapar sus miserias, la ‘familia política’ de los ceporros indepes se ha apresurado a blanquear el aquelarre poniendo el foco en la libertad de expresión: “La libertad de expresión por encima de todo” dijo Puigdemont, y así uno tras otro, hasta Colau e Iglesias.

Así ha reaparecido el comodín: ‘no se le pueden poner puertas a la democracia’. La misma lógica estúpida de identificar urna y democracia, como si las urnas o la libertad de expresión no pudieran usarse contra la democracia. Por supuesto lo suyo es mero cinismo, a sabiendas de que la clientela del nacionalpopulismo –Iglesias se prefigura como el cómplice necesario de Puigdemont, Junqueras y Gabriel– compra todo ese bullshit. En su momento defendían los escraches –¡democracia! ¡libertad de expresión!– hasta que les tocó sufrirlos a ellos. Si en esta manifestación hubieran aparecido masivamente banderas con el cangrejo y mensajes pidiendo un Estado centralista fuerte para luchar eficazmente contra el yihadismo, ¿hablarían de libertad de expresión?

Ese argumento de la libertad de expresión puede servir para casos aislados. En cualquier parte puede aparecer un David Minoves, un tipo sin escrúpulos que le hace fiestecitas a Otegi con su background criminal pero culpa al Rey o a Rajoy de unos atentados cometidos por yihadistas. Esas excrecencias grotescas están descontadas, y allá con su libertad de expresión. Pero lo sucedido en esta manifestación fue una operación orquestada masivamente para malversar el acto despreciando a las víctimas, obviando a los criminales y poniendo el foco de la culpa en el Rey y el Gobierno de España. Eso no es libertad de expresión sino de presión con la anuencia de las instituciones que dieron las llaves del acto a la ANC a sabiendas de que montar diadas es su especialidad. Aquello fue lo que quisieron que fuera, con su cartelería pret-a-porter y sus activistas dominando los espacios y la retransmisión para convertirlo en un aquelarre de hispanofobia relacionando los atentados con el Rey a través de Arabia, todo perfectamente delirante pero calculado.

Acostumbrados a habitar una realidad paralela, han defendido todo lo sucedido, haciendo virtud de la necesidad, con el comodín de la libertad de expresión. Pero no, no cuela. Nadie ha cuestionado ese derecho, sino la deslealtad e indignidad con que actuaron. Claro que esto no va más allá de la melancolía crítica. Si no les preocupa que algo sea ilegal, y no les preocupa que sea irracional, ¿por qué les iba a preocupar que sea indigno?

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