Aloma Rodríguez

Llévame al país de las maravillas

No era mi cantante francés favorito, un puesto bastante disputado porque mi gusto por lo francés es casi tan pasional como el de los afrancesados, pero en una versión un poco más cursi.

Opinión

Llévame al país de las maravillas
Foto: Damian Dovarganes
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

No era mi cantante francés favorito, un puesto bastante disputado porque mi gusto por lo francés es casi tan pasional como el de los afrancesados, pero en una versión un poco más cursi. Me gusta casi todo lo francés, menos Marine Le Pen y su padre. Me gustan la lengua, el cine, muchos escritores, cantantes y hasta las crepes. Me gustaría vivir en Burdeos y pasar los veranos en la costa azul, porque me imagino viviendo una película de Éric Rohmer. Quiero decir que sé que hay una parte de mitificación en mi gusto por lo francés. Por gustarme, me gustaba hasta la broma tonta que me hacía un amigo cuando yo decía que algo era francés: “¿como la Revolución?”, añadía siempre.

Por ese afrancesamiento durante mucho tiempo escuché música francesa, el primero fue Brassens, claro, del que además de aprender a pronunciar algunas palabras aprendí una idea de la libertad individual. Luego llegaron Édith Piaf, Léo Ferré, Gainsbourg, Juliette Gréco, Françoise Hardy, Dominique A, Sylvie Vartan o France Gall y Brel, que en realidad eran belgas.

Cuando llegó el momento de elegir destino para la beca Erasmus no lo dudé: París. Allí descubrí a otros cantantes: Keren Ann, Thomas Fersen, Henry Salvador, Vincent Delerm o Coralie Clement. También Poney Express, Bénabar, Camille o Philippe Katerine. Y entre ellos, se coló Charles Aznavour, que mi padre escuchaba en el coche y a mí me parecía demasiado grandilocuente, de esos cantantes que todo el rato están demostrando lo bien que cantan. En realidad, lo reducía a “La bohème”. Pensaba que eso solo se lo toleraba a Edith Piaf. Hasta que escuché “Emmenez-moi”. Mi prejuicio contra la producción pseudohortera y el vozarrón se cayó cuando escuché por primera vez a Aznavour cantar: “Emmenez-moi au bout de la terre / Emmenez-moi au pays des merveilles / Il me semble que la misère / Serait moins pénible au soleil”.

Aznavour nació en París, pero su familia era de origen armenio. Hizo más de 80 de películas, la primera fue Tirad sobre el pianista, de François Truffaut, en 1960. No solo era cantante, como Keren Ann, Benjamin Biolay o Gainsbourg, compuso para otros. Como a Gainsbourg, también le auguraron el fracaso de su carrera como cantante: no tenían el físico. Pero tenían otra cosa. Los dos fumaban como nadie, y tenían, sobre todo Gainsbourg, un aspecto de canalla que los hacía más atractivos que Johnny Hallyday, aunque no fueran tan guapos como Brel. Mientras termino esta columna, suena Aznavour. He hecho un amago de quitarlo, pero mi hija me ha dicho que no quite esa música tan bonita.

Cuando ayer supe que Aznavour había muerto, le mandé un mensaje a mi novio, que era mucho más de Aznavour que yo –le gustan Raphael y Bunbury–. “Se va un trozo de nuestra juventud”, escribí, pensando en la cantidad de veces que escuchamos “La bohème” en nuestro diminuto apartamento de la rue Stephenson, en el distrito XVIII.

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