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Lo imposible

Hoy el All Star Game, y es una pena, es un juego de exhibición atlética. No hay defensa, sólo juego sobre el aro. No hay intensidad, sólo acierto bufo.

Parafraseando a Martín Tello, ellos dormían, pero nosotros soñábamos despiertos.

En febrero de 1988 se disputó en Chicago el 38º All Star Game de la NBA, y puede que aquel fuese la cumbre de los Fines de Semana de las Estrellas. Jordan se llevó el concurso de mates contra Dominique Wilkins; Larry Bird ganó los triples a Dale Ellis con un legendario último tiro, en el que alzó el dedo señalándose como campeón con el balón aún en el aire; y Michael Jordan se consagró como gran estrella de la liga, al ser MVP del partido y quedarse a dos puntos de igualar el récord de anotación de Wilt Chamberlain. Y por si fuera poco, Kareem Abdul-Jabbar batió la marca de Oscar Robertson como máximo anotador de la historia de los All Star.

En España, por primera vez, la retransmisión del All Star se tomó como un gran acontecimiento. Se emitió el directo, con Pedro Barthe como enviado especial, Ramón Trecet como conductor y Esteban Gómez, Wayne Brabender y Vicente Salaner como comentaristas de apoyo. 

Y con ellos, Cerca de las estrellas, soñamos despiertos. En directo, y muchas veces en VHS y Betamax.

Soñamos despiertos, pero quienes dormían eran Pau y Marc, como mandaba la ley de su edad de entonces: siete y tres años. Dormían, mientras el resto de nosotros, muchos de nosotros, veíamos el baloncesto puro, el partido perfecto. Ataques brillantes, defensas intensas, juego colectivo, velocidad y pausa, de la mano de más de la mitad del Dream Team. Bird, Barkley, Jordan, Magic, Karl Malone, Ewing y Drexler at their best. Soñábamos despiertos ante un baloncesto que se nos antojaba imposible, que nos daba la sensación de que cualquiera de esos jugadores, en nuestra entonces joven ACB anotaría 60 puntos sin despeinarse.

Dormían, aunque no soñaban –siete y tres años- lo que nosotros.

Hoy el All Star Game, y es una pena, es un juego de exhibición atlética. No hay defensa, sólo juego sobre el aro. No hay intensidad, sólo acierto bufo. Precisamente el antijuego en el que Pau y Marc Gasol, titulares en el partido y protagonistas de la única jugada que se asemejó a un partido real –el salto inicial-, nunca podrán brillar. Porque un jugador de baloncesto, para jugar, necesita un rival que le defienda. El resto son habilidades de saltimbanqui.

La paradoja es que ese es su mayor éxito. Porque han logrado lo imposible, o al menos lo que en aquel 1988 –Trecet, Salaner, Chicago, Jordan y Cerca de las estrellas- nos parecía imposible: que el baloncesto puro sean ellos. 

Dos chicos de Sant Boi que dormían mientras soñábamos despiertos.

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