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Lo infinitamente frágil, lo infinitamente lejano

La nostalgia de la EGB me lleva de vuelta a la década de los ochenta. Fueron los años de Reagan y de Thatcher, de la caída del muro de Berlín y del final del comunismo, de la ilusión democrática en España y del ingreso en Europa como una nueva tierra prometida. En muchos sentidos, fue –o eso creo– una época feliz que cerró lo que muchos historiadores han venido en denominar “el corto siglo XX” (de 1914 al final de la Guerra Fría en 1989).

Para nosotros, que éramos niños en aquellos años, los ochenta tuvieron sin embargo menos que ver con la política que con la llegada de algunas series míticas de televisión, como las infantiles de BRB –D’Artacán y los tres mosqueperros, por ejemplo– o la apasionante saga astronómica Cosmos, que emitía TVE y presentaba Carl Sagan. En realidad, sospecho que, en aquella época, el gusto del espectador se desplazó de la naturaleza –Félix Rodríguez de la Fuente– a la cosmología, con sus intuiciones casi metafísicas sobre el origen y el sentido del universo.

Lo cierto es que la fascinación por las estrellas recorre la historia de la humanidad. El filósofo Rémi Brague ha reflexionado con especial brillantez al respecto en un libro titulado La sabiduría del mundo. Para los antiguos, observa el autor francés, la sabiduría se encuentra en íntima conexión con la estabilidad inmutable del universo, con su belleza lejana y su orden inalterable. El cosmos nos habla de quién somos y de aquello que nos constituye.

Fue otra gran pensadora del siglo XX, Simone Weil, quien subrayó que la verdadera belleza se encuentra en lo infinitamente frágil –el pétalo de una flor– o en lo infinitamente lejano –el cielo estrellado–. Uno, en cambio, diría que la belleza reúne ambas características: es frágil y distante, endeble y misteriosa. El telescopio espacial Hubble nos envía ahora las primeras fotografías de una nueva luna, oculta en la órbita del planeta enano Makemake. Al fondo, percibimos una especie de mancha blanca: es la espina dorsal de la Vía Láctea, nuestro hogar. En esta imagen se condensan el silencio de los eones, el terror de la soledad cósmica, la fragilidad de la existencia y la atracción insondable de lo desconocido. Y, al contemplar la fotografía, como el niño que en los años 80 miraba embelesado los documentales de Carl Sagan, pienso que somos nosotros, los hombres, los lectores privilegiados de la escritura –no sé si ordenada o caótica– de la creación.

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