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Lo que el 'procés' se llevó

Foto: ALBERT GEA | Reuters

Ha dicho Artur Mas, en su despedida de la política activa, que el independentismo carece de mayoría suficiente para imponer nada. ¡Albricias! He aquí una verdad palmaria, incuestionable: hora era de que el nacionalismo la hiciera suya. No es que hubiera permanecido oculta a la opinión pública hasta ahora, pero que Arrimadas o Iceta la formularan es una cosa y otra bien distinta es que lo haga Mas: no se escucha igual a Agamenón que a su porquero. Así que la frase de Mas pone a disposición del nacionalismo un argumento que pertenecía al otro bando. Que a estas alturas sirva para algo es cuestión distinta.

En realidad, no podía llegar antes. Sin la ensoñación plebiscitaria que ha animado a la base social del independentismo, el procés no habría existido. Por eso, quienes desde el poder han propagado la especie de que la causa separatista era justa -afirmando implícitamente que romper una sociedad por la mitad y privar de sus derechos a una mayoría de la población es un objetivo legítimo en un marco democrático- han incurrido en una grave falta moral. Eso no significa que del procés no se deduzcan responsabilidades políticas o penales; significa que hay un problema moral de fondo sobre el que preferimos no hablar demasiado por estar convencidos de que si se respetan los procedimientos una democracia puede decidir cualquier cosa.

En una escena de Lo que el viento se llevó, un grupo de caballeros sureños discute la creciente presión que ejerce un Lincoln dispuesto a abolir la esclavitud. Se muestran convencidos de que no hay otra salida que ir a la guerra: habrán de defender a tiros una próspera forma de vida que depende de la explotación económica de la población negra. Solo el capitán Rhett Butler se muestra escéptico y les advierte de que, a pesar de tanta fanfarronería, el Norte goza de superioridad militar. No sirve de nada: el discrepante es visto como un traidor a la causa y unas semanas después el estallido del conflicto es saludado con entusiasmo. Para Butler, que pese a todo combatirá valerosamente en las filas sureñas, una guerra inmoral solo podía significar el comienzo de la larga decadencia del Sur. Y no se equivocaba.

Artur Mas no es Rhett Butler, sino lo contrario: fue él quien condujo el catalanismo burgués hacia el precipicio secesionista. Solo cabe esperar que su tardía rectificación llegue a tiempo para evitar un declive regional cuyos primeros signos se hacen ya evidentes.

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