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Lo que han perdido

Foto: Tariq Mikkel Khan | Reuters

Me hizo gracia el otro día un amigo: “¡Y nosotros ahí buscando libros de Salvat-Papasseit! ¡Entrando en las librerías a preguntar qué tenían de Salvat-Papasseit!”. Esa era, en efecto, una vivencia cotidiana de los aficionados a la poesía españoles de mi generación: no hacíamos más que buscar libros de  Salvat-Papasseit. Y de Josep Vicenç Foix, y de Josep Carner, y de Carles Riba, y de Marià Manent, y de Pere Quart, y de Joan Vinyoli, y de Joan Brossa, y de Gabriel Ferrater, y de Pere Gimferrer. ¡Hasta de Salvador Espriu, con eso  lo digo todo!

La sensación de estafa ahora es descomunal. Y no es porque sean ahora peores poetas. Hablo solo de sentimientos. ¿El asunto no eran los sentimientos? Pues el ‘sentimiento’ es que antes tenían el aprecio y ahora no tanto como el desprecio, pero sí desde luego el hartazgo. La salvación ahora es estrictamente individual: puedo coger ‘Sol, i de dol’, de Foix, o ‘Poemes civils’, de Brossa, y disfrutarlos. Pero aisladamente: ya no se benefician de ese viento general que (desde la Transición) los empujaba a todos.

Los nacionalistas se han cargado lo que habían conseguido los poetas. Se habla ahora de seducción. Los poetas catalanes nos sedujeron, y en su día consideré seriamente ponerme a estudiar el catalán. No lo hice porque se interpuso el portugués, pero en mi cabeza estuvo hacerlo. Hoy no me lo habría planteado ni de coña. Por cada verso de Salvat-Papasseit hay un millón de rebuznos de Puigdemont.

Lo que han perdido es la simpatía previa que les teníamos y ese dar por hecho su inteligencia, una inteligencia que no solo presumíamos mayor sino también más refinada. Ahora tendrán que ir demostrándolas de uno en uno, y partiendo del socavón en que los nacionalistas los han situado a todos.

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