Jorge San Miguel

Lo que mande el señorito

"Todas esas libertades con las que nos llenábamos la boca eran concesiones. También las sexuales"

Opinión

Lo que mande el señorito

Uno de los asuntos de la última década, al menos para alguien que creció en los ochenta y fue joven en los noventa, es el regreso de la prescripción -o sea, de la proscripción- sexual. Nos habíamos acostumbrado a que la flecha de la Historia, priápica, solo iba en un sentido. El Fin de la Historia era también el fin de las murgas, o incluso el Fin de las Murgas, con mayúsculas. El agotamiento de los “grandes relatos” traía como contrapartida gozosa un paralelo acabamiento de los juicios sobre la conducta privada. Eso se pensaba. El SIDA ya no daba miedo y se llevaban las drogas hedónicas. Todavía a principios de los noventa te podías encontrar en el ABC cartas al director sobre la ola de pornografía, la reposición de algún clásico erótico alcanforado tipo Emmanuelle en TVE o el programa de la doctora Elena Ochoa. Daba lo mismo, tenía todo un deje funcionarial, como si alguna gente tuviera que quejarse por obligación, y los tiempos solo serían cada vez más libres en esto como en todo lo demás.

Podemos discutir hasta el escatón si Fukuyama o Kojève estaban en lo cierto, o cuánto, pero lo obvio es que aquí patinamos todos: los que nos tragamos el ascenso perpetuo de la libertad y los de la ola de pornografía. A nosotros nos han estallado en la cara los nuevos discursos militantes sobre la sexualidad; a ellos, si viven, que ahora le toque a “la derecha” defender lo contrario de lo que escribían ellos (¡y ellas!) en sus cartas tan indignadas. Por casualidad me encuentro estos días un pasaje de Octavio Paz de 1971:

«Así, a través de un curioso proceso, nuestra época convierte a la sexualidad en ideología. Por una parte, la excepción erótica desaparece como excepción: no es sino una inclinación natural; por la otra, reaparece como disentimiento: el erotismo se convierte en crítica social y política. La moralización del erotismo, su legalización, conduce a politizarlo. El sexo se vuelve crítico, redacta manifiestos, pronuncia arengas y desfila por calles y plazas. Ya no es la mitad inferior del cuerpo, la región sagrada y maldita de las pasiones, las convulsiones, las emisiones y los estertores. (…) Ahora el sexo se ha vuelto predicador público y su discurso es un llamado a la lucha: hace del placer un deber. Un puritanismo al revés. La industria convierte al erotismo en un negocio; la política en una opinión».

Hace una semana anotaba con cierto asombro la facilidad con que el poder nos ha confinado y nos ha privado de movimiento, de voz y hasta de la potestad de cabrearnos a las generaciones más vocingleras con la libertad que se recuerdan. Nada raro en el fondo: todas esas libertades con las que nos llenábamos la boca eran concesiones. También las sexuales. De nuevo, no pretendo imaginar siquiera alternativas, tan solo lo anoto. Si las nuevas clerecías se permiten adoctrinarnos sobre usos y costumbres es porque nunca dejaron los usos y las costumbres de ser un asunto público. Han dinamitado, es cierto, la separación de lo privado y lo público; pero si han podido hacerlo es porque aquella ficción precaria requería mucha energía y mucha fe para sostenerse. Toda “libertad” es hoy reconocimiento administrativo y, finalmente, paga, de la etnia a la identidad sexual pasando por la lengua. Y lo que es del señor, el señor lo da y lo quita según le place. Sirva de aviso a los que hoy reciben el reconocimiento y la paga.

Recuerdo hace muchos años a Antonio Escohotado parándole los pies a algún entrevistador con discurso milenario sobre la despenalización de las drogas. “Algunas drogas hoy prohibidas serán toleradas, y viceversa”, le vino a decir. No vendría el escatón hippie, la farmacia libérrima. La cruzada contra el tabaco aún estaba en sus albores. Es una lógica que nunca he visto fallar: se sustituyen los dioses y los recetarios, pero la sociedad y la naturaleza odian el vacío.

Nos han tocado, es verdad, unas clerecías muy estólidas. Y muy brutas. Es magro consuelo que vayan a pasar, como todas, cuando las apetencias del impersonal señorito de turno cambien. Igual ya no lo vemos, o nos pilla conectados a alguna máquina de soporte vital. Un verdadero coñazo. Mientras tanto solo queda la receta consagrada por el tiempo para quien se la puede permitir: cultivar un jardín y aferrarse fieramente a la idea de que lo privado, pese a todo, existe. La libertad, como el poder, se ejerce.

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