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Lo que nos enseñó Obama

A Barack Obama le precedió George W. Bush y le sucederá Donald Trump. Llegó con una crisis financiera y el paro en niveles históricos y se va con pleno empleo y un país creciendo como no lo hace Europa. Asumió con la amenaza nuclear iraní y se marcha con un acuerdo internacional que lo encauza. Ha desbloqueado las relaciones diplomáticas con Cuba, un acuerdo difícil de calibrar en Europa, pero que tiene un alto poder simbólico en América Latina, donde era necesario, urgente, cambiar la percepción que se tiene de Estados Unidos. Además, ha dado cobertura sanitaria a varios millones de personas vulnerables. Guantánamo, Siria e Irak son desaguisados ajenos con los que el consenso dice que no ha sabido lidiar. Pero que no fueron provocados por decisiones suyas, como fue la de bombardear Irak bajo premisas falsas e intentando engañar con aquello de las “armas de destrucción masiva”. Si ahora estamos en la posverdad, aquello debió de ser la preverdad. La pregunta es, ¿habríamos estado mejor sin Obama?

Sin duda, no. Y sumo al haber de su legado el capital simbólico que él y Michelle nos han regalado durante ocho años de discursos, comparecencias y gestos en los que hemos visto plasmados los valores en los que nos gusta reconocernos, como la tolerancia ante el otro, la paciencia ante el obstruccionismo muchas veces fanático de muchos rivales, la templanza en los momentos duros, la perseverancia en sus proyectos esenciales o la compasión ante los más vulnerables. Obama ha sacado adelante el matrimonio igualitario en el país de Donald Trump, no lo olvidemos. Todo ello con una capacidad didáctica que engrandecía a los ciudadanos a los que se dirigía, a quienes trataba con claridad pero como adultos. Sin perder jamás las formas y sin dejar de transmitir optimismo y esperanza en las posibilidades de un mundo abierto, por muy atribulado que parezca el momento. Esa ejemplaridad en una persona que lo primero que lee por la mañana es un breve resumen de las miserias del mundo y toma decisiones trascendentes a diario es, también, parte de su legado.

Escuchaba el otro día a una periodista española en horario de máxima audiencia decir que “su presidencia ha sido un horror, un espanto”, y lejos de sentir desprecio por Obama lo sentí por ella, y por el periodismo. Nos tocará aguantar una temporada a la manada de los que no dudan de nada y, creyéndose políticamente incorrectos, en su previsibilidad parecen la llegada inalterable de un AVE. Yo, en cambio, agradezco los servicios prestados, y siento algo parecido a la pena por su marcha. No me ha pasado con ningún líder español que haya votado. Quisiera sentirla en unos años con la despedida de algún presidente de la UE. Obama también nos enseñó que ese es uno de los retos de nuestra generación.

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