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Logos y nomos

Los jueces no están para frenar la voluntad del pueblo, decía hace unos días Marine Le Pen en un mitin en Nantes. La búsqueda "enemies of the people” en Google Imágenes lleva a la ya icónica portada del Daily Times, ésa en la que tres jueces eran acusados de traicionar al pueblo y a los 17,4 millones de votantes a favor del Brexit. Al otro lado del Atlántico, Trump libra una guerra contra la prensa, contra la unicidad de los hechos y, cómo no, contra los so-called jueces. Y aquí, el proceso catalán se ha convertido al fin en lo que ya era en potencia: una procesión. Los cofrades acompañan estos días a los condenados, a pesar de que en el fondo no hay distinción entre los unos y los otros, puesto que juzgar a Mas, a Homs o a Forcadell es juzgar la voluntad del pueblo (de Cataluña).

Le Pen, Trump, cierta prensa y los cofrades de todos los partidos enarbolan la bandera de la voluntad popular. Lo que menos importa es qué forma toma el sujeto que encarna esa voluntad: la gente corriente, los auténticos franceses, la América real. Lo importante es que volvemos al mito, al mundo regido no por el logos sino por el capricho de los dioses. Siempre habrá una excepción al imperio de la ley, una rendija por la que colar la arbitrariedad. Al fin y al cabo, a nadie le gusta rendirse ante un imperio considerado ajeno. Y siempre pensaremos que nuestra excepción es excepcional, que sólo las otras son excepciones inaceptables.

Volvemos continuamente a la la arbitrariedad porque en la batalla afectiva, que es la más importante, los populistas parten con ventaja. El diálogo y la democracia, que son palabras nobles, se contraponen al sometimiento a la ley, que es algo frío y nada épico. Pero la cuestión es que el diálogo exige orden racional, igual que la democracia exige ley. Sin lo uno y lo otro lo que hay son parodias de diálogo y de democracia, y el frente abierto para que triunfen los demagogos.

Así que, sí, los jueces están precisamente para frenar la voluntad del pueblo. Porque no siempre va a haber un Sócrates frente a los demagogos, y porque la razón sola no suele vencer a la turba, como cuenta Tsevan Rabtan en ¿Por qué la ley?

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